Incertidumbre y vejez

Yolanda Ruiz
28 de marzo de 2019 – 04:10 a. m.

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¿Qué tienen en común una profesional de clase media, un campesino que ha sido jornalero toda la vida, una empresaria que vivió por medio siglo de un negocio propio y una empleada de servicio doméstico? Que los cuatro enfrentan la vejez en la incertidumbre y en medio de un deterioro considerable de sus condiciones de vida. La vejez, aunque no estemos dispuestos a verlo aún como sociedad, no es asunto de la intimidad de una familia, es un problema social mayúsculo y va más allá de la necesidad urgente de una reforma pensional, requiere una mirada más amplia y decisiones de fondo ya.

La profesional de clase media completa más de 30 años de trabajo. Tuvo la suerte de poder ejercer su carrera. Su primer sueldo fue de dos salarios mínimos y por su esfuerzo fue ascendiendo y mejorando sus ingresos. Hoy tiene un cargo directivo medio y un ingreso de unos diez millones de pesos. Su trabajo le dio para comprar un apartamento en un barrio de estrato cuatro y sacar adelante a dos hijos. Como se acerca a su edad de jubilación, hace unos meses acudió al fondo privado a donde se trasladó hace años por decisión de la empresa en la que trabajaba. Nunca les preguntaron y los trasladaron a todos. Al consultar sobre su situación supo que su pensión será de alrededor de un $1’300.000. Ella sabe que tener pensión es privilegio, pero las cuentas no le dan. El predial le llegó por más de tres millones, la administración le vale $450.000 y ella se pregunta qué hará cuando le llegue siendo pensionada. Los últimos meses han sido de incertidumbre y de planes varios para estirar lo que aún se gana. ¿Y después?

El campesino tiene 60 años y jornalea en una finca porque no ha tenido cómo cultivar un pedazo de tierra que heredó porque no ha podido pagar los derechos de sucesión. Sacó un crédito para cubrir esa deuda y hace dos años lo está pagando. Sube y baja por una loma empinada con agilidad cargando las pesadas herramientas y me pregunto qué será de él cuando el inevitable paso de los años le impidan seguir ganándose el diario. Cotizó solamente cinco años y después nada, como la mayoría de los campesinos en Colombia. Su esposa depende también de su ingreso y los hijos ya se fueron a zonas urbanas buscando un futuro distinto. El rebusque ni le da tiempo para pensar en lo que vendrá.

La empresaria tuvo con su familia un negocio floreciente en el sector textil hasta finales del siglo XX. Todo iba bien, nunca cotizaron a pensión ni ella ni su esposo o los hijos que trabajaban en el negocio familiar. Siempre la fábrica les dio lo necesario para vivir con holgura. Sin embargo, vinieron la crisis económica del 98, el contrabando, el lavado de dinero en empresas de la competencia y el negocio dejó de ser lo que era. Hoy ella tiene 95 años, ha vivido los últimos bajo el cuidado de uno de sus hijos que tiene 60 y que tampoco tiene pensión ni trabajo estable. Él le cocina, la lleva a pasear, le atiende sus enfermedades, limpia la casa, la acompaña y en medio de todo el agite piensa en su propio futuro incierto.

La empleada de servicio doméstico ha trabajado por más de 35 años, pero sólo su última patrona le ha pagado según la ley y le ha cubierto salud y pensión. En los demás empleos sus jefes nunca le reconocieron lo justo. Tiene 17 años de cotización. Eso no le cubre las semanas necesarias y le dicen que no tiene todavía derecho a pensión aunque hace un par de años cumplió la edad. Seguir trabajando varios años es su alternativa.

Para escribir esto el dilema fue escoger entre las muchas historias similares que conozco. Con pensión o sin ella los que van llegando a viejos encaran una realidad de descenso en la escala social y económica. Hacia allá vamos todos y la bomba no es solo pensional, es de un país que se está envejeciendo a pasos agigantados y no quiere ver su realidad para abrir alternativas a los que van llegando allá.

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