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Todos somos egipcios

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DENTRO DE LA PLAZA TAHRIR, este jueves, conocí a un carpintero de nombre Mahmood, cuyo brazo izquierdo pendía de un cabestrillo, con una pierna enyesada y cuya cabeza estaba siendo vendada en un pequeño hospital de campo creado por el movimiento por la democracia.

Esta fue la séptima vez en 24 horas que necesitó tratamiento médico para lesiones sufridas a manos de turbas respaldadas por el gobierno. Pero tan pronto como fue vendado, se fue de nuevo, trastabillando, hacia el frente.

“Pelearé durante todo el tiempo que pueda”, me dijo. Quedé pasmado. Ese parecía un ejemplo de determinación que nunca podría ser superado, pero, mientras tomaba la fotografía de Mahmood, choqué con la silla de ruedas de Amr. Resultó que Amr había perdido las piernas muchos años atrás en un accidente de tren, pero fue con la silla hasta la Plaza Tahrir para mostrar su apoyo por la democracia, arrojando piedras a las turbas que, al parecer, el presidente Hosni Mubarak envió para asediar la plaza.

Amr (no estoy escribiendo algunos apellidos para reducir el riesgo a personas que cito) estaba recibiendo atención por una herida de piedra. Le pregunté tan cortésmente como pude qué estaba haciendo un amputado en silla de ruedas en una intensa batalla en la que había cocteles molotov, palos, machetes, ladrillos y meras navajas.

“Aún tengo manos”, dijo con firmeza. “Dios mediante, seguiré peleando”.

Eso fue la Plaza Tahrir el jueves de esta semana: determinación pura, fortaleza asombrosa y, a veces, desolador sufrimiento.

Mubarak ha deshonrado el ocaso de su presidencia. Al parecer su gobierno desató una brutal represalia, dándoles cacería a activistas por los derechos humanos, periodistas y, por supuesto, los mismos manifestantes, todo al tiempo que se intenta obstruir el paso de ciudadanos a la Plaza Tahrir. Mientras llegaba a un punto cercano a la plaza por la mañana, encontré una fila de los maleantes de Mubarak con palos, mismos que tenían clavos. Ese no parecía un lugar oportuno para salir del taxi, así que encontré una forma de entrar por atrás.

Lo mismo hicieron muchos, muchos más. En el hospital de campo de la Plaza Tahrir (normalmente una mezquita), 150 médicos han ofrecido sus servicios voluntariamente, pese al riesgo para su propia integridad. Maged, médico de 64 años que necesita un bastón para caminar, me dijo que nunca antes había estado involucrado en las protestas, pero que cuando oyó sobre el embate del gobierno sobre manifestantes pacíficos por la democracia, algo en él cedió.

Así que temprano por la mañana del jueves preparó un testamento y después condujo 200 km hasta la Plaza Tahrir para ofrecerse a brindarles atención a los heridos. “No me importa si no vuelvo”, me dijo. “Decidí que tenía que ser parte de esto”.

“Si muero —agregó—, esto es por mi país”.

En el centro de la Plaza Tahrir, también conocida como Plaza de la Liberación, me topé con uno de mis héroes, la doctora Nawal El Saadawi, prominente feminista árabe que ha combatido la mutilación genital femenina por décadas. Saadawi, quien cumple 80 años de edad este año, tiene el pelo blanco y es frágil, pero rebosa de feroz pasión.

“Siento que estoy naciendo de nuevo”, dijo, agregando que se proponía dormir con los manifestantes en la Plaza Tahrir. De manera similar, sugirió que en vez de ser enviado a un cómodo exilio, Mubarak debería ser enjuiciado como criminal; ese es un punto que he escuchado con frecuencia cada vez mayor entre activistas por la democracia.

Hay una pequeña cárcel en la Plaza Tahrir para maleantes pro-Mubarak que son capturados, y sus carnés de identidad indican que muchos trabajan para la policía o el partido gobernante. Mubarak pudiera alegar que está inconforme con respecto a la violencia en El Cairo, pero él la provocó; y la única forma de restablecer el orden en Egipto y revivir la economía radica en que él dimita de inmediato.

Incontables egipcios aquí me dicen que están dispuestos a sacrificar sus vidas por la democracia. Lo dicen en serio. Sin embargo, he oído palabras similares en muchos otros países durante los estertores de movimientos por la democracia. Para mala fortuna, lo que suele determinar la suerte de este tipo de movimientos no es el valor de los activistas por la democracia, sino la voluntad del gobierno para masacrar a sus ciudadanos. En ese caso, los supervivientes normalmente se retiran en un sombrío silencio y el movimiento se acaba por un tiempo.

Sin consideración a lo que Mubarak esté planeando, efectivamente se siente como si algo hubiera cambiado, como si el pueblo egipcio hubiera despertado. Cuando tuve necesidad de salir de la Plaza Tahrir, varios egipcios me condujeron durante casi una hora a través de una ruta especial, para que no me arrestaran o atacaran, pese al considerable riesgo para ellos. Uno de mis guías era una joven mujer, Leila, la cual me dijo: “Todos tenemos miedo, en nuestro interior. Pero, ahora ya rompimos con ese temor”.

Los valientes egipcios que conocí en la Plaza Tahrir están arriesgando sus vidas en defensa de la democracia y la libertad, y merecen nuestro más firme apoyo y, francamente, también deberían inspirarnos. Una rápida lección de árabe coloquial de Egipto: “Innaharda, ehna kullina Misryeen!”, esto es, “¡Hoy, todos somos egipcios!”.

* Columnista de ‘The New York Times’, dos veces ganador del Premio Pulitzer. c.2010 – The New York Times News Service

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