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La selección femenina de Colombia pasó, en cuestión de días, de la ilusión al estado de alarma. La derrota contra Brasil en la segunda fecha del hexagonal final del Sudamericano Sub-20 confirmó un bajón que ya se había insinuado en el estreno contra Ecuador y dejó al equipo sin margen de error. Con dos caídas consecutivas, la Tricolor quedó última en la tabla, sin puntos, y no solo se alejó del título: ahora ve seriamente comprometido su cupo al Mundial.
El contraste con la fase de grupos es evidente. Colombia había terminado primera, invicta y con la valla en cero, una solidez defensiva que sostuvo al equipo incluso cuando el funcionamiento ofensivo no era brillante. Esa fortaleza, sin embargo, terminó maquillando falencias estructurales que hoy quedaron expuestas. Cuando llegaron los goles en contra, primero ante Ecuador y luego frente a Brasil, el equipo no tuvo respuestas futbolísticas para revertir los partidos.
El problema no es solo el resultado, sino las formas. A Colombia le cuesta hilar jugadas, dominar tramos del juego e imponer condiciones. La posesión es imprecisa, la circulación lenta y las transiciones ofensivas no logran sorprender. En el hexagonal, frente a rivales de mayor jerarquía y ritmo, esas limitaciones se volvieron determinantes.
La falta de claridad ofensiva es hoy el gran lastre. El equipo acumula varios minutos sin marcar y genera muy pocas ocasiones claras por partido. No hay profundidad constante por las bandas ni conexiones limpias entre el mediocampo y el ataque. Cuando se necesita ir a buscar el resultado, Colombia se muestra previsible y sin recursos para romper defensas bien plantadas.

El equipo de Carlos Paniagua, además, perdió la confianza que había construido en la primera fase. Los errores defensivos, antes inexistentes, empezaron a aparecer y cada equivocación pesa el doble en un contexto de urgencia. Brasil lo aprovechó con su habitual eficacia y terminó de desnudar a una selección que hoy juega más con presión que con convicción.
Desde lo deportivo, la clasificación empieza a verse difícil por juego. Las matemáticas todavía sostienen a Colombia, pero el rendimiento no acompaña. Con Paraguay, Venezuela y Argentina por delante, el panorama es claro: necesita sumar de a tres en los partidos que restan para garantizar uno de los cuatro cupos al Mundial. Cualquier nuevo tropiezo puede resultar definitivo.
El margen se terminó y ya no hay espacio para especular. Colombia está obligada a cambiar su cara, reencontrarse con el gol y recuperar una identidad que hoy aparece diluida. No se trata solo de ganar, sino de volver a competir, de mostrar carácter y soluciones en el campo cuando el partido se pone cuesta arriba.
La presión es máxima y el desafío, enorme. Si la Tricolor quiere estar en el Mundial, deberá jugarse todo en lo que queda del hexagonal. El tiempo de las excusas pasó: ahora solo valen los puntos y la capacidad del equipo para responder cuando más lo exige el torneo.

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