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Correr y escribir

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EL PÚBLICO DEL FESTIVAL HAY, cerca de sus autores favoritos, puede percatarse de cuáles están más o menos en buen estado físico y cuáles exhiben cierto sobrepeso y escasa lozanía.

La imagen de antaño de ciertos escritores era la de seres poco saludables. Algunos pensaban que la búsqueda de la belleza y la verdad, más allá de los límites del mundo mezquino, justificaba excesos y extravagancias. El costo de ese camino, guiado, a veces, por el alcohol, las drogas y el desenfreno, fue la muerte temprana.

Numerosos autores contemporáneos, en cambio, nos hablan de disciplina y esfuerzo. En lugar de la inspiración, luchan por mantener la “perspiración”. A diario trabajan muchas horas, con gran desgaste físico y mental. Naipaul, por ejemplo, nos cuenta de su fatiga, del dolor de sus dedos vendados mientras escribe.

Haruki Murakami, el autor de Kafka en la playa y de más de otra docena de novelas, contradice el estereotipo del escritor con escaso vigor. En un pequeño libro de ensayos —De qué hablo cuando hablo de correr, Tusquets, 2010—, una obra interesante, pero que recibió fuertes críticas por su estilo descuidado, reflexiona sobre la relación simbiótica que se da en su vida entre correr y escribir.

Su punto de partida es que escribir le exige un enorme esfuerzo. Sostiene que si bien ésta es, en principio, una actividad mental, insiste en que completar una novela es una penosa y prolongada labor manual.

Sostiene que la agonía de correr maratones, el cansancio extenuante de competir contra el cronómetro, es una forma de ejercitar su capacidad de luchar, palabra a palabra, con la construcción y terminación de una novela. Anota que “presionarte hasta el límite: esa es la esencia de correr, una metáfora de la vida y, para mí, de escribir”.

Añade que mientras corre no piensa en nada: alcanza el vacío. Así, en un día cualquiera, realiza dos actividades contrarias que se enriquecen mutuamente, una para crear, otra para desocupar su mente.

Luego plantea que, así como algunos escritores se aíslan del mundo a través de la bohemia, un corredor solitario —relativamente antisocial, como él— también puede mantener una distancia vigilante frente al objeto de su obra. La diferencia es que la primera actitud daña al escritor, mientras que correr lo fortalece.

Dice que el objeto de algunas novelas —las contradicciones, los vicios, los problemas de los individuos y de la sociedad— puede llegar a ser tóxico para los escritores (la mente de muchos se envenena con los temas de sus escritos). De ahí concluye que “para enfrentarse a algo que es dañino, una persona necesita ser tan sana como sea posible”. Concluye que, a diferencia de tantos escritores que se agotan o se extinguen después de pocas obras o de escasos años de trabajo, el ejercicio de correr les puede permitir prolongar sus carreras.

Aunque algunos escritores, seguramente, odiarán la carreta de Murakami, que suena, a veces, cargada de cierto fundamentalismo físico y deportivo, otro, como Muñoz Molina (Babelia, 22 de enero), sostiene que “gracias a la ebriedad de oxígeno de una carrera o de una buena caminata… he inventado personajes o situaciones o giros argumentales que de otra manera no habrían surgido”.

Por otra parte, los aficionados a correr que mantienen algún interés literario y los fieles lectores del japonés, sin duda, gozarán con estos curiosos ensayos.

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