
Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Jugábamos a las escondidas, o a la Rayuela, a saltar lazo o a la pelota. Y nos caíamos y nos reíamos y nos heríamos y volvíamos a jugar, hasta que llegaba la noche y nos llamaban a hacer tareas, a comer, rezar y dormir. Pero un día aquellos mismos que nos llamaban a hacer tareas y demás, nos dijeron que debíamos ser los mejores, porque ellos habían sido los mejores y porque el mundo era de los mejores. Entonces el compañero de los viejos juegos dejó de ser compañero para ser rival, y el juego dejó de ser lo esencial porque lo importante fue ganar. Dejamos de saltar por saltar, dejamos de correr por correr y no volvimos a mirar hacia atrás.
Nos inocularon un virus al que llamaron competencia, y empezamos a competir en los juegos, en las clases, en la familia y en la vida. En esa competencia arrollamos al antiguo amigo y al desconocido, y por ser los mejores aprendimos lo que era la trampa. Y nos vendimos por los premios porque los premios eran la comprobación de que éramos los mejores, y nos vendimos por los cartones y diplomas porque los cartones y diplomas eran la comprobación de que éramos los mejores. Y los premios, los diplomas y las medallas reemplazaron el saber, y peor aún, enterraron el amor por recorrer el camino que nos llevaba al saber. La competencia nos hizo ser inmediatos, y ser inmediatos nos llevó a preferir lo hecho a lo que pudiéramos hacer, y querer ser los mejores nos empujó más tarde a conquistar un “amor” para exhibirlo como trofeo. Y lo pusimos al lado de las medallas y los diplomas, y después, al lado de los carros, las joyas y las casas, y después, junto a los hijos y los extractos de nuestras cuentas bancarias.
Nos desbordamos de celos porque entendimos el amor como una competencia. Aniquilamos a nuestros compañeros porque los consideramos una amenaza. Sacrificamos una sencilla tarde de helados y café porque “el tiempo era oro”. Ignoramos el valor de las pequeñas cosas porque todo tenía que ser grande, más grande, inmenso, y sobre todo, inmensamente mostrable. Cambiamos el significado de las palabras, y a ser capaces lo denominamos ser competentes, y por ser competentes nos clavamos un cuchillo.