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Muy cerca del icónico teatro Adolfo Mejía, en un pasillo del primer piso del Claustro de San Agustín de la Universidad de Cartagena, un joven llamado David Restrepo trabaja en su vieja máquina, una Olivetti Rettera 32. Es un escritor de cartas de amor, de relatos. Las teclas marcan el papel en un sonido que parece de otro tiempo. Restrepo pasa sus días recorriendo ciudades, pueblos, calles y esquinas, escribiendo esas cartas que le vende a enamorados y creyentes.
Parece de otra época. Se ve como un viajero que atraviesa el túnel del tiempo. Vive de vender sus palabras escritas al instante. “Escribo en estos pequeños papeles las cartas. Es muy emocionante porque, más allá de escribirlas, es escuchar a quien la solicita: sus sueños, sus historias que me alimentan también a mí como escritor. De ahí salen pequeños relatos que voy construyendo”.

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Le pregunto por el Hay Festival, ese escenario que se le ha cruzado en su camino: “Lo que más me emociona de ver a un escritor es el lenguaje que tiene para contar sus historias. La forma en la que las cuenta, las construye. Yo soy un escritor anónimo, pero soy muy famoso en mi pueblo, en Antioquia”.
Muy cerca de este escritor de máquina Olivetti, se encuentra Jon Lee Anderson. Acaba de terminar uno de sus conversatorios agendados por el Festival. Este cronista es autor de libros como “Che Guevara: una vida revolucionaria”, “La caída de Bagdad” y “Los años de la espiral: crónicas de América Latina”.
“Este es un Festival que junta personalidades. En este año hay colombianos, latinoamericanos e ingleses, pero también un contingente ucraniano que es muy interesante, yo creo que este evento trae el mundo a Cartagena”, dice Anderson para El Espectador. Le pregunto por sus inicios escribiendo, por la máquina que usaba. Caminamos lentamente hacia donde está David Restrepo. Su emoción es mayor. Se ve como un niño encontrando su juguete preferido. Se sienta, acomoda la máquina en sus piernas y, como si fuera su primera vez, empieza a escribir. “Fíjate que fue mi primera compra de joven adulto y escritor, como a los 20 años. En esa época comprar algo así era una hazaña. Tuve que ahorrar mucho, me costó tenerla”.
Como si fuera un objeto de valor icónico, la trata con cuidado, la mira lentamente y, mientras escribe, me recuerda una de sus publicaciones donde habló de su primera máquina.
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“Maxine Kumin era miembro del personal del Breadloaf. Mi madre la apreciaba mucho, admiraba su poesía y se había hecho amiga de ella, que me preguntó si tenía una máquina de escribir propia. ‘No’, confesé. Cada vez que puedo, le dije, uso la de mi madre, pero por lo general escribo a mano. Me alentó a aprender a tipear bien y recomendó que consiguiera una Olivetti Lettera 32. Era la mejor máquina de escribir portátil del mundo, me dijo, además de sugerir que sería perfecta para alguien como yo. La escuché con cuidado, memorizando el nombre de la máquina. Me sentía profundamente entusiasmado. Era como si Maxine Kumin me hubiera confiado un secreto sagrado. Le prometí que ahorraría para hacer exactamente lo que recomendaba. Desde ese día soñé con tener la máquina de la que me había hablado. Asociaba su adquisición con la posibilidad de algún día escribir bien, escribir como ella. Resultó que tenía veinte años cuando finalmente compré mi Olivetti Lettera 32 en un negocio que vendía cámaras y objetos varios en el bajo Manhattan.
Era laminada, de color verde pálido, con teclas negras, y tenía su propio estuche en un verde que combinaba, con una ancha raya negra en el medio. Me costó treinta y cinco dólares, que en ese momento me parecía un montón de dinero. Cuando me senté enfrente de lo que, para mí, era un aparato imbuido de poderes mágicos, sentí una enorme emoción, y lo primero que escribí con él fue un poema”, concluyó Anderson.
Los dos escritores se despidieron. Lee Anderson se fue caminando lentamente. En ese momento, una mujer joven se acercó a Restrepo. Le dijo: “Amigo, ¿me hace una carta de amor?”.
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Sabina, sintiéndolo mucho
En la inauguración del Hay Festival, que se llevó a cabo en el Teatro Adolfo Mejía, el guionista, director y documentalista español, Fernando León de Aranoa, habló de su documental: “Sintiéndolo Mucho”, un encuentro con la obra del cantautor Joaquín Sabina en la última década. Su trabajó está nominado a mejor película documental y canción en los premios Goya 2023. Este documental se rodó durante 13 años, retratando la intimidad del músico, además de lo que sucede mientras está en el escenario, pero también cuando se retira a su soledad.

Leon de Aranoa le dijo al auditorio que su relación con Sabina comenzó cuando se encontraron en un restaurante. “Llegó con algunos de sus libros, sonetos de letras dedicados donde hacía mención de ‘Barrio’ -película estrenada en el 1998-, con sus diálogos, personajes, ficción. Yo me sentí muy halagado y pensé: ¿cómo es que él es el fan, si el fan de él soy yo?.
Con respecto a “Barrio”, el director sostuvo que la película intenta contraponer sus ilusiones a las formas en las que los protagonistas se imaginan el mundo. “Los coches que van a tener, las novias, las familias y luego el contraste entre eso y lo que la realidad les tenía reservado”. En su recorrido cinematográfico y además de “Barrio”, León de Aranoa ha dirigido cintas como “Los Lunes al sol” y “El Buen Patrón”, que contó con la participación del actor Javier Bardem. Sus obras han sido galardonadas en festivales internacionales.
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