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CUANDO SE DESPERTÓ, SAÚL HERNÁNdez encendió la lamparilla y miró la litera de abajo para ver si su mujer aún dormía. “Debe haber salido a tomar aire”, pensó, y retomó el libro que estaba leyendo. Dos párrafos después volvió la inquietud. Salió al pasillo. No se veía ni un alma. “Seguro está indispuesta…”.
Caminó hasta el extremo del vagón, pero no había nadie en el sanitario. “¿Dónde se habrá metido?”, se preguntó con un punto de angustia. En el vagón siguiente se topó con el revisor. “Ha visto usted a una mujer bajita, de 65 años…”. El revisor lo miró perplejo. “He perdido a mi mujer”, explicó Saúl Hernández abochornado. “Nadie se pierde en un tren, hombre”, dijo el revisor con suficiencia. Al viejo ya no le importó si hacía o no el ridículo. ¡Es mi esposa, no está en el camarote ni en el baño, cuando me desperté ya no estaba! ¿Está abierto el bar?”. Acaban de cerrarlo —contestó el hombre—, pero venga, busquemos en los otros vagones. ¿Cuándo fue la última vez que la vio? A Hernández la pregunta le sonó tétrica: “Cuando salimos de Madrid. Yo me acosté un poco después que ella. Me gusta leer unas páginas antes de dormir. A la madrugada me desperté y ya no estaba”.
La búsqueda fue infructuosa. “Tendrá que poner una denuncia”, dijo el revisor. “¡Ante quién diablos! ¡Y qué coño voy a decir!”, gritó Hernández.
Tranquilícese, señor. En Calatayud hay una comisaría cerca de la estación. La encontraremos. Tal vez bajó en Medinacelli. Ocurre con frecuencia. Se bajan a comprar chucherías, se despistan y ni se enteran de que el tren ha seguido su camino. “Entonces te dejó el tren, mi amor… Cómo estará de angustiada… Es tan frágil…”, Hernández apretó los dientes para no llorar delante del impasible funcionario.
Llamaron por teléfono a Medinacelli, pero allí nadie había visto a la señora Asunción Alonso de Hernández. Otros pasajeros se levantaron. Hacían preguntas. Husmeaban. ¿A dónde se dirigían? “A Barcelona”. ¿Discutieron? “No”. ¿Está en sus cabales la señora? “Más o menos”. ¿Dejó las maletas? “Sí. Viajamos con una sola. Grande. Es más fácil”. ¿Y la cartera? “No está”. Entonces está claro: ¡se apeó en Medinacelli para comprar algo y perdió el tren! Ánimo, amigo, debe venir en el tren siguiente, en Barcelona os encontraréis. Hubo aplausos y risas. Entonces el viejo se tomó la cabeza, estalló en sollozos y trastabilló hasta su camarote.
El revisor lo encontró sentado en la litera. Besaba una vieja pañoleta de seda con pájaros estampados. “Ella se merecía este viaje —dijo sin levantar la cabeza—. Siempre lo estuve aplazando, que el próximo verano, que cuando me jubile y tengamos tiempo, y la pobre siempre esperándolo. Y lo que es la vida, cuando estaba dispuesto a darle gusto, la pobre…”.
El viejo hizo una pausa para sonarse los mocos. “A mi esposa le hubiera gustado hacer este viaje. Por eso cuando llegué a la estación y pedí el billete pensé en ella y le dije al taquillero: Que sean dos billetes, por favor. De primera”.
Ya no lo dominaba la vergüenza. Se sentía aliviado y de nuevo en el duro, en el inflexible terreno de la realidad.
“¿Sabe lo que me dijo en su lecho de muerte?”. El revisor adivinó la respuesta: Ve tú solo.
“Por favor —rogó Hernández— no le diga a nadie la verdad. No lo entenderían. Pensarán que estoy loco”.
El revisor asintió con un movimiento de cabeza y cerró la portezuela del camarote con suavidad, como si abandonara el cuarto de un niño dormido.
* * *
La anterior es una sinopsis de Soledad al final del coche cama de Óscar Collazos, uno de los cuentos más hermosos y conmovedores, junto con La siesta del martes de Gabriel García Márquez, de la literatura colombiana.