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…“Somos el tiempo que nos queda”

Muere un Presidente, Hugo Chávez Frías, de 58 años. Muere un gran músico, el clavecinista Rafael Puyana, de 81. Y muere un hijo entrañable de 28 años. Este último, hace ya casi dos años que decidió irse por su propia cuenta. Pero es precisamente esa distancia en el tiempo lo que le da a este joven una mayor perspectiva de lo que significa para todos la existencia y su final. “Somos el tiempo que nos queda”, ¡qué gran verdad del poeta José Manuel Caballero Bonald! Y ahora son las palabras de una madre y el amor de una escritora por su hijo, las que traen a este joven de vuelta para contarnos por qué se le hacía tan difícil vivir en un mundo, por momentos, distorsionado por su mente alterada por la esquizofrenia. Piedad Bonnett nos enseña con su dolor que lo más cerca que podemos llegar a estar de esa sombra profunda llamada suicidio, es de la mano amorosa de una mamá que no deja de velar por el hijo que ya no es, que ya no está. Lo que no tiene nombre no es solamente el título de su libro, es el reencuentro de su autora con su propia tragedia, es su regreso a ese momento que nadie quiere sentir en la vida, la pérdida entrañable de Daniel, un querer que se apaga en la noche más negra y aciaga. Al final, ella decide contar para mostrar al ser amoroso que se fue, para demostrar que sí se puede hablar de lo que nadie quiere hablar, para intentar explicar lo inexplicable, para encender las alarmas sobre esa puerta mental abierta al abismo de la muerte buscada. “El dolor abre otra vez su chorro –dice Piedad– y las imágenes se multiplican y mi hijo vuelve a estar vivo y lo veo subir la pequeña cuesta que conduce a la casa, con el cuerpo ligeramente inclinado hacia adelante, serio, adusto, como enojado consigo mismo y con el mundo, como si le pesaran inmensamente el cuerpo y el futuro”.

Por Jairo Dueñas
08 de marzo de 2013

 

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