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HAY UNA IDEOLOGÍA QUE AHORA EStá de moda: el nuevo antiestablecimiento.
No me refiero a la rabia de sectores marginados de las grandes urbes, hastiados con la falta de empleo y oportunidades, así como la exclusión que han sufrido desde hace años. Esta insatisfacción con el sistema político y con los dirigentes del Estado, de la banca, de la sociedad y de la religión tiene diversas causas, entre ellas la pobreza, y sus protestas de cólera tienen mucho de válido.
Hablo de otra cosa. De la mentalidad que parece dominar al intelectual moderno. Unos lo llaman el nuevo populismo. Otros, cáusticos, el nuevo mamertismo. Lo cierto es que, en distintos sectores supuestamente de avanzada, hay una presión de grupo que orienta el pensamiento. Incluso antes de que el intelectual se pregunte sobre un tema, hay una posición que se espera que éste asuma. Y así como el marxismo en los años 60 y 70 imponía obediencia ideológica, una camisa de fuerza dogmática para evitar la satanización y la acusación de ser un pequeño burgués, ahora esta doctrina también impone sus criterios, hechos de retazos de las ideologías del pasado: comparte la intolerancia del fascismo, el descrédito de las clases dirigentes del socialismo y la suspicacia de las instituciones del anarquismo. Es menos definida que el marxismo, pero forma parte de un credo generalizado de corte antiestablecimiento. Tras la muerte de las grandes ideologías, este parece ser el nuevo “ismo”.
Todos conocemos los términos dictados por lo políticamente correcto. Unos están definidos por grupos de derecha, la ortodoxia conservadora lista a decidir qué conductas o palabras son válidas y cuáles son censurables, y otros están definidos por grupos que han protestado para que no se excluyan con vocablos que los desprecian o marginan.
Pero hay otra mentalidad, y otra corrección política, que se ubica en la orilla opuesta de la anterior. Asoma la cabeza en ciertos comentaristas que les escriben a los diarios, ocultos en el anonimato, y en varios analistas de la actualidad que ignoran los matices. Sus ideas no son originales, porque tan pronto el pensamiento se vuelve predecible deja de ser libre y forma parte del cliché, del tópico, de la mentalidad del rebaño que piensa por uno. Y un rebaño, por selecto que sea, sigue siendo rebaño.
Para estas personas todo lo que huele a consagrado o parece exitoso, o si viene respaldado por una academia o un prestigioso centro de investigación, es sospechoso. Lo que procede de EE.UU. es malo. Las películas taquilleras no pueden ser buenas. Los libros best-sellers no pueden ser admirables. Los autores de grandes ventas son comerciales y frívolos. La filtración de Wikileaks merece aplausos, porque desnudó los engranajes secretos de una potencia mundial. Esta gente no cree, por el contrario, que Assange es un irresponsable y un ególatra que, con tal de figurar, está dispuesto a destruir la piedra cardinal de toda sociedad abierta, la necesidad de preservar cierta información e impedir su divulgación masiva. Son excluyentes, elitistas en el mal sentido de la palabra, y su discurso se apoya en la violencia verbal.
Ojalá este nuevo “ismo” haga menos daño que otros del pasado. Basado en su virulencia, eso no parece del todo claro.