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Sánchez es una figura joven que representa el deseo de cambio, no solo político, sino de las costumbres políticas, por parte de la mayor parte de los españoles. El Partido Popular de Rajoy (PP), ya había agotado el capital político tras su gestión gubernamental. El talante autoritario, poco abierto al diálogo, dedicado casi con exclusividad a los temas económicos y sin un manejo adecuado para la crisis del nacionalismo catalán, requería de un cambio de capitán y giro de timón al frente de la nave. Sin embargo, este llegó de manera inesperada, tanto así que apenas la semana entrante se estará anunciando cuál será el nuevo gabinete encargado de asumir las riendas del gobierno. Es aquí donde los analistas consideran que el nuevo presidente no se puede engolosinar con la llegada al poder y debe ser consciente de que quienes hoy le han permitido asumir las nuevas funciones, son los mismos que mañana pueden apartarlo del mismo. Su fuerza parlamentaria no es significativa y para maniobrar depende de alianzas en el parlamento que pueden ser inciertas a mediano plazo.
Lo cierto es que el país ibérico vive un momento de especial importancia que debe ser asumido con la seriedad que amerita. La caída de Rajoy no es gratuita. Obedece a una serie de factores que están en la base de lo que recibió Sánchez y ahora tiene en sus manos. No es sólo el problema endémico de la corrupción, que también allí causa estragos. La vinculación del anterior partido de gobierno a una trama que llegó hasta las más altas instancias gubernamentales ya había sido denunciada tiempo atrás, sin mayores resultados prácticos, y terminó ahora al llevarse por delante a la máxima figura del PP. También en el centro izquierda del PSOE se han presentado casos de corrupción, a menor nivel, pero no por ellos menos grave.
“Para abordar las reformas que se requieren para atajar el populismo y el nacionalismo, la socialdemocracia tiene que ganar unas elecciones. Solo las urnas pueden darle la legitimidad para abordar los cambios que requiere España”. Esta frase, de Antonio Caño, director del periódico El País, resume de la mejor manera el camino a seguir en el inmediato futuro. La gobernabilidad se garantiza sobre la base de un mandato claro que sea expedido por el pueblo, y la única forma de lograrlo es yendo a las urnas y conseguirlo. Esa legitimidad es necesaria para poder asumir las riendas del Gobierno y luego así poder hacer una válida rendición de cuentas ante el legislativo y, muy especialmente, frente a sus electores. La necesidad de volver a ubicar el énfasis en los temas sociales, sin descuidar los logros económicos ni caer en el canto de sirena de las propuestas populistas, está sobre la mesa. Ahí estriba el principal reto en los días que vienen.
De momento, Pedro Sánchez tendrá que gobernar con la camisa de fuerza actual, es decir, lo que ya se le había aprobado a Rajoy. Algunas de sus propuestas, que mencionó en medio de la moción de censura en el Congreso, podrían implementarse sin mayor problema. Como lo mencionó Caño: “aún sin corrupción en sus filas —o, al menos, sin el volumen demoledor del PP—, el PSOE puede acabar siendo víctima de la misma ola que ha arrastrado a Rajoy. Y lo será si interpreta su llegada al Gobierno como un éxito de su política de los últimos años y no como lo que en realidad es: un regalo caído del cielo”.
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