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EL SOL DE LA ÚLTIMA SEMANA HA hecho olvidar, en las ciudades, la dimensión del daño que ha causado el invierno sin tregua del fin del año pasado.
Pero allí sigue el país anegado y los pobladores con el agua al cuello. Y allí sigue también un Presidente dispuesto a volver realidad el proverbio chino: hacer de la crisis una oportunidad. Persistente en sus referencias a Franklin D. Roosevelt, recordadas en su nueva biografía: la creación del Tennessee Valley Authority para enfrentar las devastadoras inundaciones del Mississippi y el New Deal, las grandes reformas que lideró el presidente norteamericano para sacar a Estados Unidos de la Gran Depresión.
La movilización de recursos en Colombia para afrontar la tragedia ambiental ha sido mayúscula y seguirán llegando. Ya hay cientos de millones de pesos en caja entre recursos del presupuesto nacional, donaciones empresariales y ciudadanas, nacionales e internacionales. Según el gerente del Fondo de Reconstrucción, Everardo Murillo, los recursos duplican las donaciones que llegaron a Chile a raíz del terremoto del año pasado. Recursos pues, no faltarán. La clave está en el para qué y el cómo se invertirán. Y la iniciativa no puede dejársele exclusivamente a las decisiones burocráticas y gerenciales que tomen desde Bogotá, por más respetable que sea, la junta de jefes pluma blanca que acaba de crear el Gobierno. Por buenas que sean sus intenciones.
Reiteradamente se insiste en que en el corazón de la reconstrucción tiene que estar la gente. Pero no la gente como sujeto de consideraciones mendicantes para acentuar su condición de damnificados, así las cifras sean alarmantes: al menos 1 de cada 8 colombianos ha perdido todo por la violencia o por el desastre natural, o por los dos. Miles de ellos se han quedado sin techo, sobreviven en albergues temporales, sometidos a la presión de las urgencias cotidianas y al terrible horizonte del futuro incierto.
Pero los damnificados no son una categoría social, amorfa. Son gente de carne y hueso de donde surgen líderes con capacidad propositiva, conocedores de su entorno, de sus comunidades, de sus necesidades que tendrán que oírse e involucrarse en el día a día de las soluciones. Recursos que deben irrigarse a la base de la pirámide para que precisamente ellos, los damnificados, se involucren activamente en la reconstrucción de su hábitat, de sus escuelas, de sus calles, de sus casas, de su terruño. Esta fue en buena parte la fórmula de éxito en la reconstrucción del Eje Cafetero y que Everardo Murillo conoce de memoria porque él ayudó a construir. La participación a través del trabajo colectivo no sólo siembra esperanzas, crea vínculos y cohesiona alrededor de causas comunes.
Qué gran oportunidad ha surgido en medio de esta tragedia natural, para enfrentar inercias estructurales y viejos problemas. Para que la mirada del país regrese a las veredas y a los pueblos y se reactiven como polos de atracción, aldeas autosuficientes, con servicios, centros educativos, conexión de internet, actividad cultural, comercio, ofertas de empleos e ingresos dignos. Para que el campo, hoy inundado, vuelva a ser escenario de la vida y no del desarraigo.