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La Historia del Tiempo

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NO, NO VOY A HABLAR DE HAWKING, aunque éste sea el título de uno de sus libros. Me referiré al cumpleaños del tiempo, lo que suena bien extraño, que el tiempo cumpla años.

Pero El Tiempo es también un diario y se cumplen cien años desde su fundación por don Alfonso Villegas Restrepo, periódico que a poco pasó a manos de don Eduardo Santos Montejo, el hombre más influyente que ha tenido el país, gracias a este medio de comunicación, que él propulsó y sus descendientes —de línea colateral—, años más tarde, vendieron.

No tengo que excusarme por los dardos, diría mejor, bodoques, que he lanzado en los últimos cincuenta años en su contra o de sus directores, sino al contrario, reconocer en estas fechas centenarias que ha sido un gran diario de Colombia y de Latinoamérica; baluarte de las libertades públicas. Enhorabuena.

No importan pequeños deslices como cuando se abstuvo de registrar la posesión de un presidente opositor, maguer constitucional, cual fuera Laureano Gómez o cuando adhirió a un mandatario de facto, el general Rojas Pinilla, de quien posteriormente padeció el cierre, perseguido por la misma dictadura que había apoyado en un comienzo.

Grandes han sido sus directores, especialmente los de nombre Roberto, sin restarle méritos al gran director que fuera don Hernando Santos Castillo, por largos años de ejercicio virtual del cargo, muchas veces con el título de jefe de Redacción.

Don Hernando, simpática figura para muchos, fue hacedor de presidentes, de casi todos, menos —como se lo confesó cualquier día a Lorenzo— de Belisario Betancur. Los demás llamaban a diario al influyente periodista y éste se ufanaba de su inmenso poder, usando una gran discreción para su figuración pública hasta que las caricaturas lo tomaron por su cuenta, con su regordeta figura, sus tirantes, su pie sobre el escritorio y su brutal espontaneidad.

El manejo informativo de Santos Castillo, al que muchos temían por el sentido que le diera a la noticia o porque la ignorara de plano, le prodigó amigos incondicionales, famosos que todo se lo debieron, toreros y artistas, así como enemigos, muy pocos, que se atrevieron a enfrentarlo.

Aunque no lo parezca, esta nota es un tributo de admiración al poderoso medio informativo, en su fecha centenaria. Y a don Eduardo Santos, su segundo fundador y propietario (q. e. p. d.). El estilo parsimonioso del tío Eduardo encarna hoy en su sobrino nieto, el segundo presidente que sale de los mismos talleres de impresión.

El Santos de entonces era el moderado, frente a un López Pumarejo, innovador y zafado (en sus arengas llamaba camaradas a los comunistas, por despistar ). No era, pues, de esperarse que el Santos de hoy siguiera los lineamientos de nadie, ni siquiera los del auriga en cuyo carro doble-cabina llegó al poder.

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