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El 8 de marzo parece recordarle a la mitad de la población, la masculina, que esa otra mitad que tanto canta y celebra, la femenina, es una ciudadanía que está en el mundo con plenos derechos, los cuales deben hacerse efectivos cotidianamente. Revisar las canciones tradicionales, analizar sus letras, es darse un paseo por el machismo de nuestra región. En Colombia hay centenares que celebran el ser colombiano. Los compositores suelen referirse a “las flores, las montañas, los colibríes y las mujeres”, como si ellas no fueran también colombianas, sino un atributo del paisaje nacional.
Pero hay cosas más concretas como la desigualdad salarial a favor del hombre en la mayoría de países de América Latina. ¿Cómo puede ser que en algo tan evidente no se haya podido lograr un cambio? Tradiciones, lugares comunes, culturas. Basados en un esquema patriarcal, se dice que la mujer, al no ser considerada cabeza de familia, tiene menor carga económica, lo que es asombrosamente falso, pues, al contrario, es por lo general la mujer quien tiene la cabeza en su sitio y permite que la economía familiar sea regular. Que yo sepa, además, las reglas del capitalismo —mucho menos nuestro primitivo capitalismo latinoamericano— no incluyen la idea extravagante de que el sueldo se deba calcular por las necesidades del contratado, sino por su experiencia y titulación, un ámbito en el que hombres y mujeres están en absoluta igualdad. Pero no, no hay igualdad, y esta es una de las muchas formas de feminicidio simbólico que campean en nuestras presuntuosas aldeas.
Hay algo inquietante en las estadísticas: a menor educación e ingresos, el maltrato a la mujer, la agresión sexual y el feminicidio se vuelven mayores. Los hombres ricos y bien educados también golpean, violan y matan mujeres, pero en una proporción inferior, tal vez porque los ricos son menos y eso en las estadísticas cuenta. Si vemos que, según cifras de 2018, en América Latina hay 184 millones de pobres, de los cuales 62 millones están en la pobreza extrema, podemos imaginar la silenciosa catástrofe de la que conocemos un porcentaje muy bajo. En Colombia, entre 2017 y 2018 hubo 1.724 feminicidios, mujeres asesinadas por parejas, exparejas o agresores sexuales. Según el director de Medicina Legal, los crímenes suelen producirse los domingos entre las seis de la tarde y las ocho de la noche, y los motivos, claro, incluyen lo económico, lo sentimental y lo sexual.
Porque el sexo nos reproduce y da placer, pero también nos mata. O nos humilla y envilece. Cuenta Rigoberta Menchú, indígena quiché de Guatemala, que en su comunidad había una tradición terrorífica: como los hombres eran jornaleros y trabajaban en tierra ajena, con frecuencia eran castigados por los capataces. ¿Cómo recuperaban la honra? Al volver a sus casas violaban analmente a sus esposas delante de los hijos. Humillar a alguien considerado inferior restablecía su autoestima. Esto nos muestra que el feminicidio, literal o simbólico, ha sido una constante en la historia, a tal punto que, al menos en Colombia, el lugar más peligroso para una mujer, estadísticamente, resulta ser su propia casa, y en manos de ese mismo varón que, algún tiempo atrás, le dijo una palabra dulce bailando un bolero.