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Guerra de monedas

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Las perspectivas mundiales para el presente año no aparecen despejadas. Las políticas y las instituciones que causaron la crisis, y no han logrado superarla, continúan vigentes. La economía mundial se ha tornado más incierta e inestable.

El primer elemento de perturbación es el orden económico mundial, en particular el sistema cambiario. La guerra de monedas se mantiene en todo su vigor. De un lado, Estados Unidos está comprometido en el programa de flexibilización cuantitativa para inundar el mundo de dólares y presionar su devaluación.

De otro lado, China opera dentro de un férreo sistema de intervención que mantiene al yuan pegado al dólar. Así, el dólar está expuesto a grandes fluctuaciones. En la actualidad hay fuertes tendencias de revaluación que amenazan las economías intermedias dependientes de las exportaciones.

En efecto, Europa continúa dentro de una gran incertidumbre con tasas de crecimiento cercanas a cero, a tiempo que Asia Pacífico y América Latina experimentan descensos considerables en la actividad.

Parte de la dificultad se explica en la resistencia de los países poderosos a aceptar el fracaso de la modalidad de cambio flotante y en el esfuerzo soterrado para sustituirlo por un híbrido que genera todo tipo de anomalías. La abierta intervención de Estados Unidos en la política monetaria para colocar la tasa de interés en cero y la orientación de la política fiscal para estimular la producción y el empleo se acercan más a una modalidad de cambio fijo.

Lo mismo puede decirse de China, que dispone del andamiaje más elaborado para independizar el tipo de cambio del resto del mundo. Por su parte, los países emergentes se mueven entre los dos sistemas de acuerdo con su disposición a comprometer la política monetaria en el control cambiario.

Las actitudes de Estados Unidos y China no contribuyen a la estabilidad mundial. Los esfuerzos simultáneos de los dos países por devaluar sus monedas presionan los salarios a la baja, colocan la tasa de interés en cero e impiden los flujos de capitales de los países superavitarios a los deficitarios.

Las políticas monetarias y fiscales dejan de ser efectivas y las posibilidades de crisis cambiarias y necesidades de recesión internacional aumentan. Por eso, la recuperación de Europa y Estados Unidos provienen de burbujas y elevados déficit fiscales que no son sostenibles, y las reactivaciones son seguidas de recaídas que impiden la ampliación del empleo y el crecimiento persistente.

No parece que por ahora se vaya a adoptar una modificación institucional drástica y anunciada de la modalidad cambiaria. No hay una voluntad de concertación para establecer los tipos de cambio en forma conjunta. Es posible, sin embargo, que el agravamiento de las fallas de las economías de Estados Unidos y Europa, y la extensión a otras regiones muevan la balanza hacia tipos de cambio cada vez más fijos, acentuando la necesidad de una reforma que asegure su coordinación mundial.

¿Qué tiene que hacer Colombia? La situación de los países emergentes es menos crítica que la de los países desarrollados, porque sus interrelaciones son menores. El mejor camino es operar dentro de una modalidad que se aproxime más al cambio fijo ajustable, así no se haga explícito. Lo importante es que la prioridad de la política monetaria se oriente a fijar el tipo de cambio y la fiscal a regular la demanda, más concretamente a propiciar el crecimiento y el empleo.

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