Cada tarde un diciembre

La poesía también es arte para no morir en el especial de El Magazín de este lunes festivo.

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Cada tarde un diciembre

A nuestra casa de campo,
para nosotros simplemente casa,
llegaba mi prima a pasar algunas fiestas.
Los sonidos de las rocas,
o al menos así nos decían,
al desprenderse de la montaña,
retumbaban todas las tardes
o acompañaban nuestros juegos matutinos.

Mucho después nos enteraríamos
de que no eran rocas sino disparos,
lejanos disparos
los que mi prima, al volver a la ciudad,
recordaba como fuegos artificiales
y les contaba a mis tíos que allá,
para nosotros simplemente acá,
los diciembres nunca acaban.

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