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Buenas intenciones y pocas acciones en firme. Esa parece ser la frase que mejor resume lo que salió de la cumbre del G-20, el grupo que reúne a las 20 economías más importantes del mundo, pues aunque el presidente saliente de los Estados Unidos, George Bush, la calificó como un éxito, lo cierto es que mientras el mandatario electo de ese país, Barack Obama —quien estuvo ausente de la reunión— no se instale en la Casa Blanca, no se puede hablar de medidas y de un plan concreto y a largo plazo para sanear la economía global.
La veintena de mandatarios reunida en Washington, el fin de semana que terminó, anunció, entre otras medidas, la puesta en marcha de un sistema de alerta ante problemas como los que provocaron la crisis en el sector inmobiliario norteamericano y el establecimiento de mecanismos para detectar inversiones arriesgadas o fraudulentas.
Pero aunque las medidas suenan sensatas, hoy no se sabe hasta dónde llegarán, pues su éxito dependerá de cómo las aplicarán los ministros de economía de estos países, quienes tienen hasta finales de marzo de 2009 para pensar en ello.
Aumentar la responsabilidad y la transparencia de los mercados, reforzar su regulación, poner límite a las remuneraciones excesivas de los altos directivos, controlar las actividades de las entidades financieras transnacionales y tomar medidas anticíclicas para evitar el agravamiento de las crisis, son las demás reformas que pondrán en marcha en el sistema financiero internacional, que parecen más una lista de buenas intenciones que una estrategia clara y expansiva de recuperación.
“Hablar de un superregulador financiero global es un sofisma. Ningún país está dispuesto a sacrificar soberanía en este campo. Ni siquiera los países europeos lo han hecho. La Unión Europea no es una unión en este campo. Seguramente algo se logrará en la coordinación, pero no se delegará nada a una entidad supranacional”, afirma el analista Mauricio Cárdenas.
Tal vez un punto rescatable de esta reunión es que las economías más poderosas comenzaron a darse cuenta de que los países emergentes deben tener una mayor participación, pues como lo dijo el presidente de México, Felipe Calderón, durante su intervención en Washington: “La crisis no se originó en los países en desarrollo. Por el contrario, el dinamismo que ha tenido la economía global pudo sostenerse gracias a la vitalidad de las economías emergentes”.
Y esa certeza hará que el “relanzamiento de la economía global” sea más concertado y no una simple declaratoria de medidas adoptadas por los países del primer mundo, durante unas reuniones donde las naciones en desarrollo son simples animadores y espectadores.
“Los anuncios que salieron de la cumbre eran más que previsibles. Tenemos declaraciones generales y se necesitará mucho trabajo adicional para que eso se refleje en propuestas concretas. El significado más impactante de la reunión es que las nuevas naciones emergentes serán parte de la negociación”, afirmó Kevin Young, especialista en Política Internacional del London School of Economics.
Al final de la cumbre, lo único que queda claro es que, como lo dijo Bush en su discurso de cierre, “queda mucho trabajo por hacer”.