Los igualados y el 8 de marzo

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El Espectador, en su editorial (3/3/19), propone sanciones sociales al acoso; sin embargo, en vísperas del Día de la Mujer, se contradice publicando contenidos misóginos como “HP, la canción con la que Maluma busca reivindicarse con las mujeres” o “Les falló el traductor: Tu madre es un colchón”.

Internet es un paredón. Cada explosivo trino (permuta “nitro”) crea tragedias, los memes las convierten en farsa y las excusas refuerzan su cinismo, apelando a la “tergiversación”: manoseando el lenguaje inicia y nunca termina el acoso. Habitamos este paraíso perdido, porque “todo reino dividido contra sí mismo queda asolado” (Lucas, 11:17).

Sí, aunque ni debiera ser unidimensional, crece la lista de particiones demográficas que arriesgan nuestra dignidad, sesgando y disociando la realidad. Factor común, adivine qué segmento protagoniza estos clásicos y vigentes triángulos dramáticos: Eva; Temis (justicia); Irene (paz); Julieta (clanes); Fermina (clases, principio de exclusión de Pauli); Sherezade (traición); Turandot (venganza); La dama boba o Las mujeres sabias; Stella (facetas, Los cuentos de Hoffmann), Albertina (libertina, fugitiva), Fantine o La dama de las camelias (La traviata).

Pensando en estas referencias, la perícopa del adulterio y las paradójicas dificultades de las “mujeres de vida fácil” (“Goodbye Yellow Brick Road”), recordé la última novela de Gabo: Memoria de mis putas tristes. Las etiquetas encasillan y condicionan nuestras historias. Verbigracia, la belleza. Impuesto o dividendo social (Beauty Pays: Why Attractive People Are More Successful, Princeton), facilita (mejores) oportunidades; ese favoritismo genera injusticia y la refuerza, paradójicamente, cuando la sindicada realmente destaca sus capacidades.

Entretanto, según el papa Francisco, “todo feminismo acaba siendo un machismo con falda”; esto lo verifica Purl, ilustrando un fenómeno análogo al de “los monos, los bananos y el agua fría”. Los nuevos imitan el matoneo para “encajar” y “lo superan” asumiendo el mando (y reproduciendo ese modelo). En otro caso, reciben castigo; también quienes actúan con empatía, compasión o solidaridad, neutralizando la infravaloración, burla, vulgaridad o intimidación.

Así sobreviven las creencias y conductas tribales, que reafirman (ni siquiera niegan) este patrón. Colmo de males, los victimarios se victimizan y los perseguidos se convierten en perseguidores. Considere, por ejemplo, las contradictorias respuestas de Greiffenstein a El Espectador (24 de febrero de 2019) o el todo vale de Maluma y su presunta redención con la mujer (descalificando a la madre).

Disonancia cognitiva, en algún momento defraudamos a nuestros seres queridos (Ode to my Family), prostituyendo (“deshonrar o degradar algo o a alguien”, RAE) principios por egoísmo, infatuación, necesidad, conveniencia, hedonismo, chantaje o resentimiento. Le sucedió al hijo de Hermann y Pauline, Einstein (no confundir con Weinstein), quien calificaba como “hermoso” el proverbio “putas de jóvenes, santurronas de viejas” (The Born-Einstein Letters, 1971); erudito, cuando aceptó trabajar como catedrático, escribió: “Ahora soy miembro oficial del gremio de putas” (Su vida y su universo, 2007).

La mujer, milagro vital como el agua (Why water is one of the weirdest things in the universe, BBC), merece vivir 365 días con iguales, no “igualados”. Recomiendo “Ciencia, amor y perdón”, en Maloka.

Germán Vargas G.

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