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CUANDO SE POSESIONE EN SU CARGO de Fiscal General de la Nación la próxima semana Viviane Morales será la mujer más poderosa que nunca haya tenido el país en su historia.
Algunas ministras o candidatas han figurado mucho, pero no tuvieron la autonomía de vuelo que le dará el nuevo cargo a Morales. Ella incidirá en cómo se cierre el intenso capítulo Uribe Vélez, pues pavimentará la recta final de los procesos de las chuzadas del DAS, de las reparticiones de notarías y los entuertos de las dos reelecciones presidenciales.
Será también el fiel de la balanza en las investigaciones del paramilitarismo. Si respalda con ahínco a sus fiscales más valientes que llevan el proceso de Justicia y Paz, podrían ponerse tras las rejas a los beneficiarios reales del terror paramilitar, y las víctimas podrían reclamar lo usurpado sin temor. Como ella misma lo dijo, citando al profeta Isaías, la justicia trae la paz, y si conduce a la Fiscalía y a sus más de 20.000 funcionarios a que se haga justicia a favor de los de ruana, su contribución a la tranquilidad nacional será de fondo y duradera.
Cualquiera, hombre o mujer, que llegase a este puesto tendría que acometer estas tareas y la cuesta le sería empinada, pues la entidad se ha politizado, a punto de corrupción descarada en algunas regiones; varios fiscales han sido expulsados o relegados a un rincón por cumplir con su deber; y encima, un bienintencionado concurso de méritos quedó a medio camino en un maloliente pantano.
El desafío de Morales es, no obstante, doble: es éste de ser una eficaz fiscal, y además es el de conquistar un espacio de poder desconocido para las mujeres colombianas. Ella enfrenta una cultura “que se inconforma en la medida en que las mujeres se animan a asumir el poder”, como escribió la periodista mexicana Sabina Berman. Solemos admirar a las mujeres en las alturas del poder, siempre y cuando mantengan cierta identidad socialmente aceptada, que oscila entre la bella coquetería, el juicio y la subordinación.
Mujeres que se han salido de ese molde, como Íngrid Betancourt o Piedad Córdoba, han sido severamente castigadas por la opinión pública, que puede ser un caldo de prejuicios sociales. Betancourt ha sido un ejemplo de coraje, tanto en el Congreso cuando se batió contra la mafia que se había comprado unas campañas políticas, como en la selva donde mantuvo su frente en alto en medio de las humillaciones. Y Córdoba, una mujer sin padrinos, consiguió sacarle por las buenas a la guerrilla un puñado de secuestrados. Eso es más de lo que han hecho por sus compatriotas congresistas indolentes apoltronados en sus curules durante años.
Las dos han cometido errores criticables, pero que no justifican el odio apasionado que despiertan en tantos colombianos, y más, entre las colombianas. Creo que sobre todo les resienten que hayan roto ese código invisible que amarra a las mujeres a comportarse “bien” en público: se mostraron poderosas, sin pudor; dijeron lo que pensaban, sin recato; no le obedecieron a nadie, ni siquiera a Jojoy o a Castaño cuando, estando secuestradas, les apuntaron un fusil a la cabeza.
Viviane Morales tendrá que ser una buena fiscal no sólo porque el país requiere con urgencia combatir la impunidad, sino para demostrar que una mujer puede ser poderosísima y autónoma; una líder sin tapujos, una que decide sin contorsionarse para no desentonar; una que, como Bachelet es sensible, y a la vez eficiente y firme. Si consigue eso en Colombia, y lo más difícil, que no la aborrezcan por ello, pasará a la historia.