Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
NO HACE MUCHO QUE UNA PERIOdista peruana se preguntaba cómo fue posible que la violencia arrasara con la sierra, antes de hacer su ingreso a Lima, sin que la opinión pública lo notara.
Según datos de la Comisión de la Verdad, un total de 70.000 personas fallecieron como consecuencia del enfrentamiento entre grupos guerrilleros, paramilitares y fuerzas estatales. Se estima que la mayoría de las víctimas fueron indígenas andinos, los mismos quechua-hablantes cuya ciudadanía fue descrita como de segunda categoría. De ahí entonces el silencio de las élites centrales.
El tema de la indiferencia frente a la violencia inicial, en la sierra, se parece bastante a lo que ha acontecido en Colombia durante los últimos 30 años. La pasividad de las élites del centro frente a los desmanes de la arremetida paramilitar de los años noventa y principios de la década merece ser debatida. Evidentemente en Colombia no hay un conflicto étnico tan agudo como el que se vive en Perú. Sin embargo, no deja de ser inquietante el que las minorías étnicas sí sean unas de las más afectadas por la violencia, como bien lo pueden probar las comunidades de afrodescendientes e indígenas que fueron desplazadas de sus territorios ancestrales.
Estudios como el de José Antonio Figueroa, titulado “Realismo mágico, vallenato y violencia política en el Caribe colombiano”, plantean que las bases de la violencia actual en la Costa Atlántica pueden rastrearse en el rechazo de las élites locales y nacionales a las demandas de modernización hechas por el campesinado costeño. Figueroa describe cómo en los años setenta un grupo de políticos liberales, narradores, folcloristas e intelectuales contribuyeron a que se forjara la imagen del costeño pacífico, tradicional y espontáneo, justo cuando el campesinado se movilizaba para exigir la modernización del agro regional.
Como esta de Figueroa, otras investigaciones son requeridas para entender qué nos llevó a obviar durante tantos años la barbarie paramilitar y qué permitió que aun hoy algunos consideren que el paramilitarismo fue un mal necesario.