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EN SUS QUINCE AÑOS DE SERVICIO, EL Metro de Medellín, además de brindar bienestar a quienes a diario transporta, ha cumplido otra función social: igualar a las personas y moldear el comportamiento ciudadano.
Nuestro medio de transporte masivo no sólo alivia los graves problemas de movilidad urbana —función práctica— sino que genera un gran cambio en la cultura ciudadana —función simbólica—, con más profunda penetración en la conciencia colectiva que los discursos y las normas legales.
Desde el humilde labriego que viene de la Terminal de Transporte, hasta el encopetado ejecutivo de empresa y el solemne abogado, todos pueden salvarse de las insufribles congestiones de tránsito. El Metro los acerca al trabajo, a la casa, al centro médico, a la universidad, en un tiempo razonable y en condiciones compatibles con los estándares de dignidad humana. En una ciudad sobrecargada de vehículos particulares, disponer de un flamante automóvil no otorga ninguna ventaja sobre quienes no poseen más que “el pasaje”. Cada vez que rabiamos de desesperación y tedio, atrapados en el habitual “taco” de todas horas, envidiamos a quienes vemos pasar raudos y caricontentos en el tren, cuyos trayectos siempre parecerán cortos.
Por el trato de igual consideración y respeto hacia todos los usuarios, viajar en Metro nos hace sentir más humanos, más dignificados: la asistencia especial hacia las personas con discapacidades, la forma de anunciar los destinos, la música de las estaciones, los textos de lectura (editados por el Metro) que cada usuario puede auto prestarse durante el trayecto, la facilidad de acceso mediante la tarjeta “cívica”, la integración con algunas rutas de buses, etc.
Por otra parte, el comportamiento usual de la gente muestra una transformación automática tan pronto el usuario ingresa a las escaleras del Metro. Como por ensalmo, la endémica indisciplina tropical cede su paso a una actitud generalizada de orden, circunspección, solidaridad y observancia de las reglas esenciales: no pasar la línea amarilla, ingresar ordenadamente a la litera y abandonarla sin atropellar. Contrasta gratamente el respeto casi reverencial por las instalaciones y los aparatos de este medio de transporte, con la actitud destructiva —mezcla de vandalismo y resentimiento social— que se reproduce silvestre en nuestras calles, plazas, paredes, buses, edificios públicos y vallas, etc.
Hoy resulta impensable la viabilidad social de Medellín sin este aparato, que coadyuva a construir ciudadanía mediante la silenciosa tarea de educar al sujeto social en ciertos hábitos rutinarios, a la vez que lo dota de un estatus más digno. Más que pomposos catálogos de derechos y leyes con ineficacia garantizada, un buen transporte masivo impide que seamos llevados como semovientes a la feria. Nos sentimos más humanos cuando nos topamos con los versos de Barba Jacob, grabados en el pórtico de la Estación Universidad, o cuando las significativas frases de Fernando González, inscritas en las literas, nos invitan a filosofar vitalmente mientras viajamos.