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Una novela obligatoria

Ernesto Yamhure
29 de diciembre de 2010 – 09:57 p. m.

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HISTÓRICAMENTE, LA LUCHA CONtra las drogas se ha concentrado fundamentalmente en el combate a las organizaciones mafiosas y en la erradicación manual y fumigada de los cultivos ilícitos.

Esa guerra ha costado la vida de miles de soldados y policías que, a pesar de su anonimato, integran la galería de héroes de la Patria. Gracias a su sacrificio, Colombia no sucumbió ante el monstruo del narcotráfico. Pero muy poco nos hemos preocupado por las otras víctimas, las que sufren en carne propia la maldición de las drogas. Me refiero a los enfermos adictos: millones de personas que, sin distingo de clase, sexo, edad o ilustración, caen en las garras de las sustancias alucinógenas.

Tal vez no hemos considerado la magnitud de la tragedia. Creemos equivocadamente que el drogadicto lo es porque así lo ha decidido, apelando a eso que llaman “libre desarrollo de su personalidad”. Escudándose en ese precepto constitucional, el Estado ha sido indolente y le ha dado la espalda a un problema social que más temprano que tarde se desbordará.

Durante la temporada de vacaciones leí una novela de Rosario Carrizosa, Diario de una ilusa, en la que la autora narra la vida de Sara, una jovencita bogotana de clase alta cuyos padres concentrados en asuntos baladíes olvidaron darle a su hija lo más importante para cualquier ser humano: amor. La falta de afecto, sumada a una inenarrable colección de defectos de carácter, condujeron a Sara al truculento abismo de la cocaína. Su vida se hizo trisas, sus ilusiones fueron anestesiadas por ese clorhidrato maldito que acaba en cuestión de minutos con el alma y cuerpo de todo aquel que se aventura a probarlo.

Hace un par de semanas la Corte Constitucional prohibió la campaña publicitaria que decía que la coca es “la mata que mata”. Grande desatino de los magistrados al pretender desconocer que de las hojas de esa planta emana la base de la sustancia más dañina que ha existido en la historia de la humanidad. Valdría la pena que la editorial del Diario de una ilusa —Villegas editores— enviara 9 ejemplares de la obra al Palacio de Justicia para que los “guardianes de la Carta” tengan oportunidad de leer un testimonio desgarrador. Tal vez la historia de Sara, que se repite por doquier en miles de hogares, los invite a replantear esa imperdonable dislate. Similar ejercicio debería hacerse ante el Presidente y el Ministro del Interior, quienes han dicho que no tienen dinero para poner en marcha los mecanismos de prevención y tratamiento de adicciones. Es lamentable que no haya dinero para atender a las víctimas de las drogas, pero sí a las de la violencia, cuando al final del día todos son la misma cosa, porque el terrorismo se nutre de la coca, es decir, de la mata que sí mata.

Esta novela de Rosario Carrizosa, escritora que dará mucho de qué hablar, no puede ser vista como una simple obra literaria. Es un invaluable documento que debe ser leído, sobre todo por aquellos que sostienen que la droga es un problema que existe, pero que jamás tocará las puertas de su casa, olvidando que ésta es astuta e irrespetuosa.

Adenda: Esta semana Venezuela le entregó un par de guerrilleros desconocidos al presidente Santos, quien anunció el hecho como si se tratara de un demoledor golpe contra el terrorismo, agradeciéndole de esa manera a su “nuevo mejor amigo” el gesto de cooperación. Habrá cabida para las celebraciones y las alocuciones presidenciales el día que Chávez entregue a sus aliados del secretariado de las Farc y no a un par de calandracos que apenas sirven para “jefes de finanzas” de cuadrilla.

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