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Agustín Restrepo Escobar siempre vivió en un mundo de adultos: 14 años, estudiante de octavo grado, hijo de profesionales, la adoración de sus abuelos, el “rey de la casa”. Cuando nació su hermano, y con el propósito de “darle herramientas para vivir mejor”, sus padres lo inscribieron en la Escuela de Triunfadores, institución de coaching que funciona desde 2001 en Medellín, con una comunidad de 3.000 seguidores en Facebook.
El 5 de octubre de 2015, Agustín partió hacia el “Campamento Seres Felices”, organizado por dicha escuela en San Sebastián de Palmitas, corregimiento de Medellín. Al encuentro de tres días asistieron ocho menores de edad, dos adolescentes más que fungían como tutoras y dos adultos: un médico conferencista (propietario de la escuela) y una acompañante. Los Restrepo Escobar pagaron $640.000 por el servicio.
El último día, en voz alta y frente a todo el grupo, se procedió a una emotiva lectura de cartas escritas por los padres para sus hijos. Culminada la sesión, Agustín salió a correr, solo, impactado por la actividad. Lejos del campo visual de las casas, dentro de los límites de la finca, trepó al arco de una portería de fútbol para “hacer velitas”. La estructura, oxidada, atada con cuerdas y sin fijación a la grama, se desplomó sobre su cuerpo. El golpe en la parte trasera de la cabeza lo dejó inconsciente, el travesaño aprisionó su tráquea.
De acuerdo con Medicina Legal, el impacto en el cráneo no fue fatal. La presión de la barra provocó la muerte por anoxia mecánica.
Con unas instalaciones debidamente acondicionadas, bajo la tutela responsable de un adulto y la vigilancia diligente de un ente rector, probablemente hoy no estaríamos lamentando la muerte de un menor de edad. Ni habría un conferencista imputado por homicidio culposo.
Somos testigos del auge de las “escuelas coach”. En esta columna no me interesa ahondar en su historia, discurso o pertinencia (todos asumimos de formas diversas la complejidad de existir): solo en su regulación, control y vigilancia, en especial si acogen niños. En la cautela necesaria a la hora de elegir servicios de este tipo.
La Escuela de Triunfadores está registrada en la Cámara de Comercio. Por tratarse de educación no formal, con cursos de duración inferior a 160 horas, no requiere autorizaciones ni del Ministerio ni de la Secretaría de Educación. Sin embargo, de acuerdo con el Decreto 1075 de 2015, “la Secretaría de Educación de cada jurisdicción sí debe ejercer la función de inspección y vigilancia”.
A la indagación periodística sobre denuncias que estuvieran en marcha, el secretario de Educación de Medellín, Luis Guillermo Patiño, respondió: “Queremos señalar con toda claridad que en este momento no existen quejas sobre una institución o un curso de este tipo [no formal] que se haya desarrollado en Medellín”.
Al momento de entregar este texto, la Escuela de Triunfadores continúa funcionando.
Omisión del responsable privado, negligencia del sector público. El cuidado de la infancia es el discurso político y social más efectivo. Y, sin duda, el más mentiroso.