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GONZALO CANAL RAMÍREZ ESCRIbió que su primera experiencia con la violencia política fue en 1918, la noche en que las balas conservadoras traspasaron la cuna en que dormía en Gramalote, Norte de Santander.
En los archivos oficiales se registran, para el año de 1931, denuncias sobre la confrontación entre la liberal y agresiva Policía Seccional, el clero armado y el conservatismo indignado. El gobierno de Olaya Herrera envía un destacamento de la Policía Nacional. En las comunicaciones entre altos funcionarios se define la situación como crítica y se describe el desplazamiento masivo —de alrededor de 300 pobladores de Gramalote— hacia territorio venezolano.
La confrontación armada estalla nuevamente en Gramalote en enero de 1948. Esta vez no sólo fue más larga, sino más devastadora. Entre aquel año y mediados de los cincuenta, la prensa registra innumerables choques entre las milicias liberales y conservadoras que, armadas por los directorios y la curia, produjeron numerosas bajas. Nuevamente, cientos de gramaloteros se exilian en Venezuela. En los setenta se activa el Frente de Guerra Nororiental del Eln y en los ochenta el Frente 33 de las Farc. Con el primer bombeo del oleoducto Caño Limón-Coveñas, que desde 1985 pasa por el municipio, se multiplican los actos de sabotaje, extorsiones y secuestros. En 1988 se registra la llegada de los primeros “hombres vestidos de militares en camionetas” que, en Gramalote como en muchas otras poblaciones, llevan a cabo asesinatos selectivos contra dirigentes populares, líderes de acción comunal, sindicalistas y supuestos apoyos de las guerrillas.
A partir de 1999 todas las agrupaciones paras presentes en la región se someten al Bloque Norte de las Auc y se consolida el bloque Catatumbo. El municipio se convierte en uno de los principales “expulsores” de población desplazada del departamento entre 2005 y 2006.
Dice la prensa que para el 24 de diciembre Gramalote se encontrará “completamente en ruinas”. Tras ocho décadas de destierro, velorios e incursiones tardías del estado central, más que la infraestructura del pueblo quizás sea la paciencia de sus habitantes la que se está desmoronando.