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Cuando calienta el sol

Andrés Hoyos
21 de diciembre de 2010 – 10:37 p. m.

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ME PERDONARÁN POR HABLAR DE sol durante el peor invierno de los últimos 40 años, pero las sequías sustentan de forma menos naufragada lo que quiero decir en ésta, mi última columna antes de las vacaciones (oigo suspiros de alivio).

El Niño de 1991-1992 no se recuerda por la intensidad de la sequía, pues el fenómeno ese año tuvo una fuerza mediana, sino por la crisis casi catastrófica que ocasionó en el suministro eléctrico del país. Todos los que entonces teníamos uso de razón recordamos los larguísimos apagones, ambientados por luciérnagas radiales. Antes había habido sequías, por supuesto, —la de 1982-83 fue severísima—, pero como las consecuencias resultaron menos aparatosas, el paquidérmico régimen colombiano siguió durmiendo de largo. Sin embargo, el apagón de 1992-1993 afectó a fondo la popularidad del presidente Gaviria y obligó al Estado a tomar, ahí sí, medidas drásticas. Dicen los que saben que el régimen de generación acordado dista mucho de la perfección, pero al menos logró que no haya habido apagones desde entonces. Las sequías posteriores no fueron ningún chiste; en 1997-98 tuvimos, por ejemplo, la peor en cincuenta años, y la del año pasado también se las traía, sólo que en su punto máximo, más de la mitad de la electricidad del país se generaba en unas plantas térmicas que pasan la mayor parte de su vida apagadas cobrando.

El manejo del agua, así genere furores, no tiene las complejidades de la física cuántica. Se requieren inversiones cuantiosas, que obviamente deben resultar rentables para quien pone el dinero. También hay que proteger las cuencas arborizando y combatiendo la deforestación, hay que reforzar e intervenir el curso de los ríos en los puntos más vulnerables, hay que desalojar a la gente de las zonas donde existe peligro de derrumbes e inundaciones y hay que embalsar agua, ya sea en forma permanente o temporal.

Este último punto es el que desata los furores. ¿La razón? Que todo embalse tiene un costo ecológico inevitable, mayor o menor según variables conocidas. Los hay que no deben hacerse porque el costo es muy superior al beneficio. Otros, en cambio, son necesarios así los fanáticos procedan a confeccionar de oficio una larga lista de los “crímenes” que se van a cometer. Tomemos el caso de Urrá I. No seré yo quien cante las loas de los políticos de Córdoba, y aunque no cabe hacer aquí un análisis a fondo de la saga casi increíble de esta represa, quienes sugieren hoy que fue un error embalsar el río Sinú están ignorando que, de no existir la represa, ahora tendríamos centenares de miles de damnificados adicionales.

Para los fundamentalistas, las víctimas que un río causa en la parte baja de su cauce simplemente están de malas. La naturaleza, residente más que todo en la cabecera, siempre quiere vengarse del hombre transgresor, y su furia sólo se aplaca con inundaciones. A estos fanáticos de la intangibilidad de la naturaleza se les olvida que una vez instalada una represa, su mantenimiento suele tener un costo razonable y que el agua embalsada no arroja a la atmósfera gases con efecto invernadero, por lo que la hidroeléctrica se considera una de las formas de energía más limpias que existen.

Colombia se parece al millonario asesinado a golpes con bultos de billetes. Tenemos una riqueza hídrica espectacular, pero la hemos convertido en una calamidad. Ojalá la inmensa tragedia actual nos lleve a aplicar correctivos perdurables.

andreshoyos@elmalpensante.com @andrewholes en Twitter

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