El problema

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John Bolton, Mike Pence, Donald J. Trump, Elliot Abrams. Los nuevos campeones de la justicia y los derechos humanos en el hemisferio. Jair Bolsonaro, Álvaro Uribe Vélez, Wilson Witzel, Leopoldo López, y David Smolansky, sus contrapartes al sur del Río Bravo. Los demás, sus voluntaria marionetas.

Los aparentes protagonistas de este nuevo escenario tienen la máscara del funcionario estatal que en lo profundo de su corazón cree en la existencia de un peligro inminente para su sociedad. Se trataría de una emergencia que justifica suspender las leyes en defensa de la sociedad así perezca el mundo. Para ellos hay un mundo. Pero se trata de un mundo en blanco y negro. Un mundo maniqueo. En dicho mundo, aquellos a quienes el funcionario piensa inconstantes se convierten en un problema (negro/malo).

Amenazan perturbar las jerarquías del orden establecido (blanco/bueno) y su continuidad en el tiempo. Dado que ese elemento problemático constituye no solo una inconstancia sino también una inconsistencia, removerlo le permitiría a la gente de bien en esta buena sociedad llegar a su destino manifiesto, progresar y convertirse en un modelo para ella misma y para otros. En dicho mundo blanco es bueno y es libre, negro y rojo son un problema. Es a lo que se refería Manuel Zapata Olivella cuando decía, parafraseando a W. E. B. Du Bois al tiempo que lo reinventaba, que el problema de este siglo sería la línea de des-colorización.

Para la conciencia pura y blanca, tomar la decisión correcta implica prevenir el impacto perturbador de forasteros problemáticos: cuerpos migrantes, otros colores, voces diferentes, identidades políticamente incomodas. Se supone que estas últimas bloquean el progreso histórico y el desarrollo de “nuestros valores” y cultura. El ideal sería un mundo sin esos otros. Pero ya que hay otros, la única relación apropiada con ellos es el comercio con fines de lucro. De allí el retorno de la vieja doctrina según la cual “al que resulta victorioso le corresponde el botín,” con base en la cual intenta redibujarse el mapa del mundo. Solo que en nuestro tiempo, dicha ideología de la guerra se disfraza de paz y reclamo humanitario.

De la misma manera en que el 1% intenta disfrazarse de pueblo. Así las cosas, la guerra que ya ha comenzado traerá dividendos: un porcentaje de las mayores reservas petroleras del mundo, los votos de la clase media de latinos blancos refugiados en Miami que le permitirán a Trump el triunfo en Florida, los que premiarán el españolismo del PP, Ciudadanos y Vox en las elecciones que se avecinan, los que justifican a Bolsonaro, los que ya han permitido que el Sub-Presidente suba en las encuestas.

La guerra ya ha comenzado, y como siempre no donde se la espera. Haití arde mientras el mundo blanco la ignora. El camino al infierno está repleto de buenas intenciones.       

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