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Antonio Machado murió en un pueblo con mar que se llama Colliure. Se marchó al sur de Francia para librarse de la muerte porque los fascistas, que son pendejos por naturaleza, les tienen un miedo del diablo a ciertos profetas del verso. Lástima que la muerte le pisara los talones a Machado, que lo encontrara en una habitación de hotel, con dos notas en los bolsillos, dos recuerdos: uno de amor y otro abrigado por el sol de su infancia, sudando las fiebres del desaliento y musitando un “merci, madame” a su anfitriona. En la tumba de Machado hay flores frescas, marchitas y de plástico. Flores y mensajes para un poeta, hoy, 79 años después de su muerte. Los mensajes, sobre papelitos blancos fijados con piedras de grava, los escriben viajeros que vienen de todas partes. En uno de ellos se lee: “Tus versos pudieron más que sus pistolas”.
Unas semanas antes de mi visita a Colliure, escuché decir a Mircea Cărtărescu que la poesía es el gato muerto de este mundo. El poeta rumano dictó la conferencia inaugural de la Feria del Libro de Madrid. Mientras una voz de mujer traducía, Cărtărescu, parado ante un atril, leía su texto en su lengua materna: “Los poetas no tienen estatuas, como en el siglo XIX, ni reputación, como el siglo XX (…) Los antiguos arruinaban su vida –en muchas ocasiones también la de otros– por la locura de un verso hermoso, pero confiaban al menos en el reconocimiento de las generaciones venideras. Ellos podían creer sinceramente que la belleza –como dijo Dostoievski– es la salvación del mundo, pero hoy ya no sabemos qué es la belleza, ni tampoco el mundo, y no entendemos qué significa ‘salvar’”.
Uno de los mensajes que vi en la tumba de Machado me hizo pensar en el discurso de Cărtărescu. Éste decía: “Vosotras las familiares… Desde que leí este poema, no he podido matar una mosca.” El autor del mensaje se refiere, sin duda, a Las moscas, un poema de Machado que fue publicado en la portada del diario El País en 1907 (sí, hubo un tiempo en que los periódicos publicaban poemas en la portada). En algún momento del siglo pasado, Machado hizo lo que hacen todos los poetas: fijarse en lo que casi nadie se fija, o fijarse en lo que nos fijamos todos pero con otra mirada. Maravillado por las moscas, tan acostumbradas a las maldiciones y a que las maten a chancletazos, Machado escribió un poema que empieza diciendo: “Vosotras, las familiares, / inevitables golosas, / vosotras, moscas vulgares, / me evocáis todas las cosas.”
Han pasado más de cien años: la infancia, el amor, el exilio, la enfermedad, la muerte, ¿el olvido? Muchos pueden decir que no han matado una mosca, pocos podrán jactarse de haberlas salvado de la muerte a puro golpe de verso.