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De la queja al asombro

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Se dice: “Para lo que hay que ver, con un ojo basta”.

Esta es una de esas perlas de la sabiduría popular que al aceptarse como verdad nos propone vivir creyendo que no hay posibilidad de un mundo mejor. Así, sin darnos cuenta, nuestra cotidianidad pasa por la queja y el lamento.

Lo paradójico es que esta creencia, que funciona como una profecía que se autocumple, nos quita la posibilidad de hacer realidad nuestros sueños más íntimos. ¿Será que si nos atrevemos a salir de la costumbre de quejarnos podremos ser los amos de nuestro destino?

Nos quejemos, por ejemplo, del cónyuge que no nos entiende, de los hijos que son groseros, del jefe que nos maltrata. O, más grave aún, de la falta de sentido en la existencia porque el amor no existe o porque la vida no es eterna.

Entonces, como estamos imbuidos en la idea de que el mundo no vale la pena, enfrentamos las quejas con justificaciones triviales o defensivas. Pensamos: mi marido o mi mujer no me entiende, pero ¿quién se entiende con la pareja? Los hijos son groseros, pero ese es el sacrificio necesario de la maternidad y de la paternidad. Si ni la eternidad ni al amor existen, mejor ni me comprometo ni hago diferencia en la vida de nadie.

Lo claro es que “quejarse” enmascara una necesidad válida, pero que precisamente al ser planteada como tal genera el obstáculo para la satisfacción del deseo. Lamentarse pone al que nos oye en una posición negativa y a nosotros nos vuelve impotentes.

Otro escenario tiene lugar cuando declaramos lo que es primordial, por ejemplo: afirmarle a la esposa o al esposo “Para mí es muy importante que nos oigamos y nos ayudemos a vivir mejor”. Esto abrirá una conversación muy distinta a “Tú no me entiendes”. Un hijo puede sentirse deseoso de entender a su madre si ella le dice “Significas tanto para mí que estoy dispuesta a dar con generosidad”, en cambio se puede ofender si dice “Oye, me sacrifico por ti y no te das ni cuenta”.

O quiero que lo que pagamos en impuestos se vea reflejado en servicios, así que voy a unirme a aquellos que tienen el mismo interés, en lugar de decirme “No vale la pena ni siquiera protestar”. La calidad de la propia vida será mejor si declaro: “Como amar y ser amado es crucial para mí, voy a comprometerme a servir amorosamente a la gente de mi alrededor”, en lugar de abandonarme a la desesperanza.

Quejarse es un estado mental que nos convierte en víctimas de las circunstancias. Expresarnos es un estado mental que nos libera de acusar y juzgar a los demás y, mejor aún, al comprometernos con trabajar para lograr que nuestros anhelos se cumplan, crearemos un mundo tan asombroso que al mirar, dos ojos serán insuficientes.

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