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El mundo se despide del papa Francisco y los homenajes han excedido el ámbito religioso. Jorge Mario Bergoglio, fallecido el lunes a los 88 años, no solo fue el líder espiritual de más de mil millones de católicos, sino también un hincha apasionado de San Lorenzo de Almagro, el club que acompañó sus días desde la infancia hasta el final. Durante sus 12 años de papado, mantuvo vigente su carnet de socio N.º 88.235 del “Ciclón” de Boedo, y no era raro verlo recibir camisetas azulgranas o lanzar con una sonrisa su frase de cabecera: “Que gane San Lorenzo”, aun en los contextos más solemnes. Para Francisco, el fútbol fue un lenguaje emocional, una herencia de su padre, una raíz afectiva tan profunda como la fe que predicó. El deporte, para él, fue comunidad, humildad y memoria.
El argentino 🇦🇷 que jugó para el mundo 🌎
— AFA (@afa) April 22, 2025
¡Hasta siempre, #Francisco! 🤍🕊️ pic.twitter.com/7D9PmnFS6W
Ese vínculo sentimental entre el pontífice y su club reveló una dimensión entrañable de su humanidad. De niño, Bergoglio visitaba con su padre la vieja cancha del Gasómetro, donde aprendió cánticos antes que oraciones. Y ya como papa, lejos de ocultar esa pasión, la resignificó: “He dejado muchas cosas de lado, pero San Lorenzo nunca”, comentaba. En 2014, tras el histórico campeonato de Copa Libertadores, el plantel del club viajó al Vaticano para mostrarle el trofeo. Francisco posó sonriente con la copa, como cualquier hincha extasiado. Aquella imagen recorrió el mundo, mostrando que incluso el jefe de la Iglesia Católica podía conmoverse con la emoción de un gol. Para él, la cancha era una metáfora de la vida: un lugar donde se celebra el esfuerzo, la fraternidad, la nobleza del juego limpio y la alegría compartida.
Sin embargo, la historia del “Papa hincha” no es una excepción. Es apenas una puerta de entrada a una verdad más amplia: el deporte ha sido, para muchas grandes figuras, un espejo íntimo de sus convicciones, una prolongación de sus ideales, un refugio de la memoria y hasta una herramienta de resistencia. Escritores, activistas, líderes sociales y artistas han vivido el deporte como algo más que entretenimiento. En él han encontrado un eco de sus luchas, una manera de conectar con el pueblo o un modo de expresar sus sueños más profundos.
La pasión deportiva de las mentes brillantes
Recientemente, cuando murió Mario Vargas Llosa, Nobel de Literatura en 2010, también se analizó la pasión de un ilustre de las letras y la profunda relación del fútbol con los recuerdos de su niñez.
Aunque su figura se asocia a la alta literatura o, incluso, al análisis político, de joven Vargas Llosa soñaba con ser futbolista. Hincha fervoroso del club Universitario de Deportes, el escritor peruano encontró en el fútbol una estética de la libertad y un reflejo de los grandes héroes. Por ejemplo, en el Mundial de España 1982 trabajó como cronista deportivo, y la memoria de sus escritos se logra reconocer que el fútbol le enseñó el valor del esfuerzo colectivo, la disciplina del entrenamiento y el drama humano que tantas veces retrató en sus novelas. La cancha era un escenario donde se escenificaban tragedias y epopeyas tan ricas como cualquier ficción.
“Los pueblos necesitan héroes contemporáneos, seres a quienes endiosar. No hay país que escape a esta regla. Culta o inculta, rica o pobre, capitalista o socialista, toda sociedad siente esa urgencia irracional de entronizar ídolos de carne y hueso ante los cuales quemar incienso. Políticos, militares, estrellas de rock, deportistas, cocineros, ‘play-boys’, grandes santos o feroces bandidos, han sido elevados a los altares de la popularidad y convertidos por culto colectivo en eso que los franceses llaman con buena imagen los monstruos sagrados. Pues bien, los futbolistas son las personas más inofensivas a quienes se puede conferir esta función idolátrica. Las virtudes futbolísticas —la destreza, la agilidad, la velocidad, el virtuosismo, la potencia— difícilmente pueden ser asociadas a posturas socialmente perniciosas, a conductas inhumanas. Por eso, si tiene que haber héroes, ¡que viva Maradona!“, escribió en esa Copa del Mundo sobre el astro argentino.
También, Gabriel García Márquez, vivió el deporte con intensidad. Como aficionado y como cronista, porque, por ejemplo, narró para El Espectador la vida de la gloria del ciclismo nacional Ramón Hoyos. Capitán de los equipos de fútbol, béisbol y atletismo durante su adolescencia en el Liceo de Zipaquirá, Gabo llevó esa pasión a su obra y a su mirada del mundo. El otro Nobel latinoamericano decía que en el siglo XX tres hechos habían hecho famoso a Colombia: el Bogotazo, su Nobel y el 5-0 de Colombia a Argentina en 1993. Aquel comentario, entre la broma y la verdad, revelaba su convicción de que el fútbol podía ser una fuente de orgullo nacional, un mito compartido tan poderoso como Macondo.
Y eso aun cuando reconocía al balompié como una tradición impuesta por encima del béisbol, deporte que recordaba en su infancia como la disciplina nacional por excelencia: “Los niños juegan fútbol en la calle, ahora. Pero cuando era niño en la calle o en la escuela se jugaba béisbol. La afición por el fútbol se sembró a fines de la década del 40, cuando empezaron a llegar jugadores y entrenadores argentinos, uruguayos. Entonces empezó el gran momento del fútbol en América Latina. A partir de entonces se ha convertido en una gran afición nacional”.

La dimensión poética del deporte fue llevada a su punto más alto por Eduardo Galeano, quien no solo escribió sobre fútbol, sino que lo convirtió en el eje de su reflexión política y estética. Su libro El fútbol a sol y sombra es un clásico donde cada capítulo es una postal de la pasión latinoamericana por el balón. Galeano se definía como un “pata dura” que jugaba bien… pero solo en sueños. A falta de talento, convirtió su fervor en literatura: “Escribiendo, hacía con las manos lo que no podía con los pies”, dijo una vez. Para él, cada estilo de juego reflejaba la historia y la cultura de un país. Y sostenía que el fanatismo deportivo era una de las pocas formas sinceras de fe que quedaban: “En la vida, un hombre puede cambiar de mujer, de partido político o de religión, pero no puede cambiar de equipo de fútbol”.
El deporte, simbolismo en la lucha por la igualdad
El poder simbólico del deporte también fue comprendido por figuras como Martin Luther King Jr., quien nunca fue atleta, pero sí admirador de los deportistas afroamericanos que rompieron barreras raciales.
King consideraba que figuras como Jackie Robinson, Jesse Owens y Muhammad Ali habían pavimentado el camino de los derechos civiles desde el estadio. Su amistad con Robinson no fue casual: entendía que la lucha por la igualdad no se libraba solo en tribunales o calles, sino también en los diamantes de béisbol, donde el aplauso de una grada integrada podía ser un acto político. Para King, el deporte educaba en justicia: era una metáfora viva del sueño por el que él marchaba.
Y ese mismo espíritu lo compartía Maya Angelou. La autora y activista afroamericana compartía su admiración Cassius Clay: “él no solamente fue el más grande de todos los tiempos, sino alguien que le pertenecía a todos. Su impacto no reconoció continente, lenguaje, color u océano”.
Angelou sentía una profunda admiración por este tipo de figura y una vez revivió, en sus memorias, la noche en que otro boxeador, Joe Louis, ganó un título mundial de boxeo y todo su barrio negro explotó de alegría. Para los suyos, aquel triunfo no era solo un combate ganado: era una victoria sobre el racismo, una afirmación de dignidad en una sociedad que los humillaba. Angelou escribió que si Louis perdía, era como retroceder en la historia. Sin embargo, si ganaba, por un instante, eran “la raza más fuerte del mundo”. Esa noche, el ring fue más que un cuadrilátero: fue un campo de batalla simbólico, donde los oprimidos podían saborear la gloria.
Y si hubo alguien que llevó esa visión del deporte a la política, fue Nelson Mandela. El líder sudafricano convirtió al rugby en símbolo de reconciliación tras el apartheid. En 1995, al ponerse la camiseta de los Springboks —equipo históricamente blanco— y entregar la copa del mundo al capitán Pienaar, Mandela logró lo que parecía imposible: que una nación dividida se abrazara en una ovación común. “El deporte tiene el poder de cambiar el mundo”, decía. Él lo sabía bien: en la cárcel de Robben Island organizó ligas de fútbol entre los presos, convencido de que el deporte mantenía viva la esperanza.
En América Latina, otra figura poderosa en el uso social y a la vez politizado del deporte fue Eva Perón. Su relación, por ejemplo, con Racing de Avellaneda estuvo marcada por una fuerte cercanía. De ahí llegó la construcción del actual estadio del cuadro argentino, el Estadio Presidente Perón, el Cilindro. Sin embargo, además de eso, la política argentina reconocía en el deporte, en el fútbol especificamente, un poder de mucha influencia. Por eso, a lo largo de su vida, impulsó torneos infantiles, construyó canchas, repartió equipamiento deportivo a miles de niños pobres. Evita entendía que el deporte era una herramienta de inclusión, una manera de dar dignidad a quienes no tenían nada. Su legado no fue solo político: fue deportivo, tangible en esos campos donde generaciones enteras descubrieron la alegría de competir. Para ella, cada partido ganado por un niño era una victoria contra la exclusión.
En el siglo XXI, Malala Yousafzai ha continuado esa lucha desde otra trinchera. De niña, jugaba cricket con sus hermanos, exigiendo ser tratada como igual. Aquella pequeña batalla contra los estereotipos de género le dio confianza para después desafiar al régimen talibán. Hoy, Malala apoya a deportistas femeninas exiliadas y ve en el deporte un acto de emancipación. Cada pelota que lanza una niña en Pakistán, dice ella misma, “es un golpe contra el silencio impuesto”.
Música, reggae y poder
Un eco similar se encuentra en Bob Marley, quien hizo del fútbol una forma de espiritualidad. Jugaba en todas partes, con amigos o con su banda, y decía que el fútbol era libertad. Incluso cuando el cáncer lo amenazó, siguió jugando. Esa entrega total simboliza cómo Marley veía la vida: como un partido donde cada pase era un acto de amor y cada gol una afirmación de existencia. “El fútbol es parte de mí. Cuando juego, el mundo despierta a mi alrededor”, decía.
Su hija, Cedella Marley, heredó ese espíritu y lo aplicó al fútbol femenino. Al ver que la selección jamaiquina quedaba sin apoyo, lideró una campaña para salvarla. Gracias a su esfuerzo, las Reggae Girlz clasificaron al Mundial en 2019 y repitieron la hazaña en 2023. Cedella probó que el deporte también es un espacio de justicia de género, un lugar donde las mujeres negras caribeñas pueden brillar.
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Todos estos ejemplos revelan una gran verdad: el deporte no es superficial. Es una expresión de la cultura, una metáfora viva, una herramienta de transformación. Para Francisco, fue amor y humildad; para Galeano, poesía y rebeldía; para Mandela, perdón y unidad; para Angelou, dignidad; para Malala, igualdad; para Marley, libertad.
El deporte, en definitiva, fue el idioma que estas figuras usaron para hablar del alma humana. En un mundo que suele separar lo sagrado de lo popular, ellos demostraron que un gol puede tener tanta verdad como una encíclica, y una carrera puede decir tanto como un discurso. En cada estadio, cuadrilátero o cancha polvorienta, ellos vieron lo que muchos no ven: que en el juego, como en la vida, nos jugamos mucho más que un resultado. Nos jugamos quiénes somos.
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