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Una mañana cuando llegué a ver a Nadia, ésta se encontraba discutiendo acaloradamente con la mujer que vendía agua, caña y gaseosa en un cuchitril al final de la calle. Nadia la amonestaba fuertemente en creole haitiano. La discusión continuó durante un buen rato. Nadia luego me explicó que el día anterior la mujer había recibido unas cajas de arroz chino que le pertenecían. Un hombre canadiense a quien ella había detenido mientras conducía por la calle las había donado. Lo había convencido de llevarle la comida hasta Fidel, pero aparentemente él las había llevado durante su ausencia. La tendera decía que ya las había entregado. “Eso dice”, Nadia murmura disgustada.
Cuando le pregunté por qué los habitantes de Fidel la habían escogido como su líder me contestó que era por lo que hablaba inglés. Luego agregó, “y porque soy la que sale en busca de ayuda mientras ellos se quedan sentados sobre sus tristes traseros”.
Fidel no sufrió tanto como otros lugares con el terremoto; aparte de la vecina de Nadia y un par mujeres cuya casa se derrumbó causándole lesiones en las piernas, el barrio no vivió los estragos del resto de la ciudad. Sin embargo, en ausencia de una economía e infraestructura viable, aún éste es un lugar sin esperanza, un símbolo de los profundos y constantes problemas que vive Haití. La mayoría de los hombres que viven en Fidel no hacen nada durante el día. Algunos juegan dominó para pasar el tiempo. Para ellos no hay trabajo, y no lo habrá hasta que los dineros asignados a la reconstrucción creen puestos de trabajo.
Lionel Verner lleva mucho tiempo sin trabajar; se gana la vida vendiendo tarjetas raspa para celular. Es viudo y tiene ocho hijos. En un día gana entre veinte y treinta gourdes —un poco menos de un dólar–. Nadia me explicó que antes del terremoto una bolsa pequeña de fríjoles, suficiente para una comida de una familia promedio, costaba veintisiete gourdes, y una de arroz, unos cincuenta. Ahora los precios se han incrementado sustancialmente. Nadia, junto con un grupo de personas del barrio —aquellos que viven bajo el toldo— ha comenzado a cocinar la cena de manera colectiva, allí mismo en la calle en una gran olla sobre el fuego. No dejan que nada se eche a perder. Algunos de los bloques caídos de la casa de su vecina se habían convertido en la base para un lavadero, y Nadia había guardado la cuna del bebé.
Doce días después del terremoto, el 25 de enero, Nadia me pidió que la acompañara al Club Campestre de Pétionville, un campo de golf de nueve hoyos repleto de exuberantes naranjos. Me dijo que allí habían instalado un campo para refugiados, y que el ejército de los Estados Unidos estaba entregando alimentos. Nadia me dijo que lo había encontrado luego de observar hacia dónde se dirigían los helicópteros militares, y seguirlos para “ver adónde iban”.
Cuando llegamos al campo de golf, caminamos por un incongruentemente impecable prado hasta el tee del hoyo dos. Delante de nosotros extendido a través de las laderas de las colinas vimos miles de refugios, construidos a partir de todos los materiales posibles: sabanas, plástico, bolsas, y en un caso un plástico verde que decía “Peligro: deshechos biológicos infecciosos”. Había pequeñas tiendas por todo el lugar, una donde vendían pelucas y extensiones para el cabello, y otra donde un joven utilizaba un pequeño generador para recargar celulares.
La ayuda estaba siendo entregada por los Servicios Católicos de Socorro; Nadia detuvo a Donal, un irlandés que formaba parte del equipo de trabajadores del SCS, mientras éste trotaba de un lado al otro del campamento. Aunque estaba cansado y ocupado, pacientemente escuchó mientras Nadia presentaba su petición. Él le explicó que no podía hacer nada hasta que ella fuera a sus oficinas en Delmas. De allí enviarían un equipo para evaluar la situación del barranco, y si su petición era aceptada entonces podrían enviar alimentos. Donal nos dijo que el campamento ya contaba con veinticinco mil refugiados, y que el número aumentaba día tras día. Dado que no había letrinas, las personas defecaban al aire libre, lo cual constituía un enorme riesgo para la salud pública. Ya se habían presentado tres violaciones y él estaba preocupado por posibles incendios. Los de SCS hacían su mejor esfuerzo pero estaban al borde del colapso.
Nadia asintió con comprensión, pero ella era implacable. Preguntó, “¿qué debo hacer?”. Antes de dejarlo ir, Nadia logró que Donal le diera indicaciones del lugar donde debía dirigirse y su número celular personal.
En las oficinas de SCS, Nadia fue recibida por Lane Hartill, un amigable hombre de 35 años oriundo de Oregon. Le ofreció una silla y una botella de agua, luego se sentó a escucharla describir la situación en Fidel. Le dijo a Nadia que los SCS querían ayudar a la mayor cantidad de personas posible, que la agencia ya había distribuido 1.600 toneladas de alimentos y planeaba contratar personal para limpiar las calles de los escombros.
Hartill ofreció acompañar a Nadia hasta Fidel. Cuando llegó estaba asombrado que hubiera gente viviendo en el barranco. “¿Qué hacen cuando llega la temporada de lluvia?”, preguntó. “Se mojan,” contestó Nadia.
De regreso en las oficinas de SCA prepararon un albarán que autorizaba a Nadia a regresar al complejo del SCS para recoger 150 baldes de alimentos, 150 paquetes con elementos para aseo personal (contenían toallas, jabón, toallas sanitarias y detergente), y 50 canecas de agua. Nadia salió en una motocicleta que pertenecía a un joven del vecindario y pronto regresó con cuatro pequeñas camionetas.
Mientras las camionetas eran cargadas en el complejo del SCS, Nadia contaba chistes y coqueteaba con un contingente de soldados nepaleses que prestaban guardia. Estaba encantada con las provisiones. Cuando regresó a Fidel, el pastor Villers abrió las puertas de la iglesia de par en par, y muy pronto una multitud de jóvenes y jovencitas iban de un lado al otro llevando los baldes y el agua del SCS, para luego apilarlos en el piso de la iglesia.
Nadia se movía de un lado al otro dando órdenes. Pidió a las personas que se colocaran en fila, y comenzó a llamarlos a partir de un listado que había compilado en su letra de niña.