Primero la rosa, después las espinas

Parece una maldición. Algunos por instinto natural y otros por servidumbre cultural, tendemos a fijarnos primero en lo que nos falta y después, mucho más tarde, en lo que tenemos. O nos sobra. Codiciamos la elegancia del carro del vecino, la opulencia de su billetera, las curvas de su esposa. Nos embobamos por conseguir lo que no poseemos. Y así se nos va la vida.

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