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“El encuentro de dos personas es como el contacto de dos sustancias químicas: si hay alguna reacción, ambas se transforman”.
Carl Gustav Jung
Hay años que se marcan en el recuerdo con tinta indeleble. Que se pegan a la piel como tatuaje de confusa filigrana. De los que en latín se conocen como un annus horribilis. De aquellos en que quienes salieron con una herida personal o colectiva preferirían no haberlos vivido. Esos 12 meses fatales que están todavía frescos en la memoria corresponden, según Ricardo Silva Romero, al año 2016. En Cómo perderlo todo, su última novela, entre ese enero y ese diciembre se tejen y entretejen un buen número de historias cruzadas, de personajes extraños y lejanos, pero tan reales y ciertos como la vida misma.
Silva Romero, consagrado como uno de los mejores escritores contemporáneos del país, acaba de recibir el Premio Biblioteca de Narrativa Colombiana por este libro. La cronología de hechos acontecidos, entre ellos el plebiscito por la paz, la impenitente polarización del país, las sempiternas denuncias por corrupción, los dolorosos asesinatos de líderes sociales, las elecciones en Estados Unidos y otros más eran temas que estaban a la espera de un autor. Uno que los mezclara como hábil alquimista con personajes reales, de carne y hueso, como son los de la ficción. Que los exponga como lo que son, el Dr. Jekyll o Mr. Hyde, las dos caras de una misma moneda, de un mismo país. El autor lo logra, y de qué manera. Parodiando a Jung, puede decirse que éste conoce todas las teorías, domina todas las técnicas, pero al tocar el alma humana de cada personaje lo hace como si fuera otra alma humana. Algo, dicho sea de paso, muy propio de su personalidad.
Los escritores, maestros artesanos de la palabra, tienen la virtud no solo de mirar lo que sucede a nuestro alrededor, sino de ver lo que realmente pasa. En la novela gravitan dos elementos que se destacan. De un lado, las relaciones de pareja, pues “es milagroso e inverosímil que tan pocos matrimonios acaben en asesinato. Tal vez sea así para probar que el castigo no es la muerte”. Así como el papel que la astrología, el tarot y el horóscopo juegan en la definición de ese camino predeterminado que llamamos destino. Ambos harán parte del cordón umbilical que va llevando al lector a través de ese in/olvidable 2016 “que fue, según se ha probado, el peor año bisiesto que se encuentre en las bitácoras del universo”.
El personaje con el que abre y cierra el libro, el profesor Horacio Pizarro, vivirá una de las peores maldiciones del presente: ser lapidado en Facebook por las nuevas tribus urbanas de las redes sociales, esas que no perdonan, ni olvidan. Canibalismo tribal que se aplica a todo aquel que, así haya sido con las mejores intenciones, dé papaya. “Y sí. El mundo de la pantalla seguía siendo el gobierno de las muchedumbres. Y el narcisismo campeaba y la paranoia cundía porque todos estábamos mirándonos a todos. Y no había allí nadie que no pareciera atrapado en su cabeza”. De éste, que será el origen y el final de la trama, se van desgranando en una serie de arquetipos que desnudan desde el interior a cada uno de los personajes. Allí se evidencia la paradójica métrica que usamos para medirnos y para medir a los demás. Al ir sumergiéndose en sus páginas, es imposible no pensar que todos y cada uno de ellos podrían preguntarse/nos el fatídico: ¿Usted no sabe quién soy yo? La respuesta: No, y me temo que usted tampoco. Ja.
Si, como dice alguno de los personajes, estamos frente a una “mente global” conformada por las redes sociales, que actúa de manera inversa al Inconsciente Colectivo, la conclusión, al terminar el libro, es que la solución más viable a muchos de nuestros problemas está en la frase de Jung: “Lo que nos irrita de otros nos lleva a un entendimiento de nosotros mismos”. Mire usted con detenimiento a su vecino, ese que tanto le molesta, a ver si no.