La renuncia de Donald Trump al liderazgo internacional

Es claro que Donald Trump, presidente de Estados Unidos, tiene la intención de cambiar las alianzas históricas de su país pues se siente más cómodo entre mandatarios autoritarios, como los de Corea del Norte y Rusia, que entre los líderes de naciones democráticas y liberales. El problema es que esa renuncia al liderazgo internacional hace tambalear la estabilidad mundial, con efectos perversos que todavía están por verse.

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Más allá de todas las críticas justas que se le pueden hacer a la manera como Estados Unidos ha adelantado su política exterior históricamente, algo innegable es que su liderazgo permitió el fortalecimiento de democracias e instituciones protectoras de los derechos. La Organización de las Naciones Unidas es un ejemplo claro, pero también el apoyo a los países europeos permitió la consolidación de la Unión Europea, ese sueño de fronteras abiertas y estados con instituciones robustas. Además, su voz crítica contra los atropellos de China y Rusia, entre otros, ha sido un referente y un refugio para los activistas de esos países que desean promover la democracia.

Pero a Donald Trump no le importa nada de eso. Si quedaba alguna duda, el encuentro del pasado lunes con Vladimir Putin, presidente ruso, envió un mensaje claro: Estados Unidos renunció a su posición de liderazgo para las democracias occidentales.

No sólo eso, también está buscando entrar en conflicto con sus viejos aliados. De visita en Inglaterra, criticó a la primera ministra, Theresa May, en el complicado proceso de Brexit que adelanta, respaldando las posiciones más radicales de ese país. Hace unas semanas se negó a firmar un comunicado del G7 y se fue lanza en ristre contra Justin Trudeau, primer ministro canadiense, a quien le declaró una guerra económica.

Todo eso contrasta con la pasividad que demostró hablando con Putin, situación que adquiere connotaciones preocupantes cuando se entiende el contexto.

La semana pasada, Robert Mueller, exdirector del FBI y fiscal especial que investiga si hubo contactos entre la campaña de Trump y el Kremlin para influenciar la elección que llevó al magnate a la Casa Blanca, lanzó una bomba. En total, fueron 12 los espías rusos imputados por Mueller. ¿Los cargos? Violar comunicaciones privadas del Partido Demócrata y adelantar una campaña coordinada para sabotear las elecciones. Se trata de la evidencia más contundente de un acto de guerra que, necesariamente, tuvo que haber sido aprobado por las altas esferas rusas.

Esta táctica, por cierto, no sólo se despliega en Estados Unidos. Hay motivos para creer que los rusos han intervenido en elecciones a lo largo del planeta, vulnerando la soberanía de los estados y poniendo en riesgo la estabilidad de sus instituciones.

¿Qué dijo Trump cuando le preguntaron si culpaba a Rusia? “La culpa es de los dos países. Creo que los Estados Unidos actuaron de manera ingenua. Todos hemos sido ingenuos”. En castellano, no lo trasnocha que agentes externos hayan metido la mano para ayudarlo a ganar.

¿Será que el desinterés trumpiano por los derechos humanos y la democracia se convertirá en la nueva política exterior de Estados Unidos? Si es así, y con China en el otro costado, ¿a quién podrán acudir los países que siguen creyendo en los principios liberales? Es una pregunta angustiosa que todavía no tiene respuesta.

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