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Belisario, mi héroe

Humberto de la Calle
27 de noviembre de 2010 – 09:54 p. m.

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AHORA SÍ ENTENDÍ LA DECISIÓN del ex presidente Betancur de dedicar su tiempo a la cultura. La influencia de los ex presidentes ha pasado por varias etapas: desde constituir una especie de club de sabios, hasta llegar a la lamentable condición de muebles viejos.

Pero la experiencia actual ha resultado traumática. Cuando se esperaba que el ex presidente Uribe tomara la ruta de la serenidad después de que fuera reemplazado por alguien que venía de las entrañas de su gobierno, ahora ha lanzado, twitter en mano, una frenética campaña permanente que tiene como propósito mantener viva su presencia más allá de los linderos temporales de un gobierno que, por vía excepcional, disfrutó de un período extraordinario de ocho años.

Vamos a ver: se entiende que los ex funcionarios que tienen problemas judiciales actúen en su defensa. Se entiende también que para cimentarla, incluso acudan a exigir garantías y a proclamar que las que tienen son insuficientes. Eso es natural. En lo humano, y en lo político, se entiende también que su antiguo jefe manifieste solidaridad con ellos y que difunda por los medios a su alcance la tesis de su inocencia. Pero lo que no se entiende es que para lograrlo, aun si hipotéticamente tuviese razón, arremeta contra toda la organización de justicia del país, sin dejar títere con cabeza, incluido el Fiscal y, de manera difícilmente explicable, el Procurador General, lo cual priva de toda credibilidad un ataque generalizado, un botafuego, algo más parecido a una guerra de atrición que a un justo reclamo de un ciudadano distinguido.

El efecto nacional es de varias cabezas: revive la polarización, profundiza la reyerta permanente con la justicia, obliga al presidente Santos a tomar posiciones públicas divergentes y, por fin, agudiza ese inveterado sentimiento nacional de que la justicia no existe.

En lo internacional, ni se diga: refrenda a posteriori la decisión de la Corte Europea de que el sistema judicial colombiano no es confiable, le da la razón a la descalificación implícita que hizo Panamá y sirve de sustento a las condenas de la Corte Interamericana. Y, de paso, ¿no es una invitación a que aparezca por estos andurriales la Corte Penal Internacional?

Es cierto que hay una crisis de la justicia. Pero ella proviene más de la desconfianza, la demora y la inseguridad jurídica. Es paradójico que para el ilustre ex presidente, la crisis venga del otro lado: del supuesto exceso de celo en reprimir conductas a las cuales se les atribuye carácter irregular. Y sorprende que esto lo afirmen quienes detentaron durante ocho años el mayor poder de la historia reciente de Colombia.

El problema es que ésta revive el temor sobre la inviabilidad del Estado colombiano, pesadilla de la cual creíamos haber salido. Si es el propio gobierno anterior el que pregona que no hay garantías, ¿cómo refutar el discurso de las Farc y de quienes se oponen al sistema? Si faltara alguna paradoja: ahora tenemos que el discurso del doctor Uribe sobre la justicia es el mismo de Piedad Córdoba. Vivir para ver.

Hemos llegado al límite del delirio: el doctor José Obdulio ha dicho que “las afinidades entre quienes controlan la Corte y el régimen de Chávez, asombran”. Algo que ni el más imaginativo de los fabulistas hubiera concebido, así la Corte también ostente ciertos defectos.

¡Viva Belisario Betancur!

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