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Formidable el libro Mi historia, de Michelle Obama. A los pocos días de su salida, en noviembre pasado, lo habían comprado más de dos millones de lectores en Estados Unidos, y hoy continúa ocupando el número uno en ventas en ese y otros países. Ha sido traducido a 31 idiomas.
De manera auténtica y desprovista de toda ostentación, la autora cuenta sus primeros años de pobreza hasta llegar a ser la primera dama de los Estados Unidos. No se trataba de una ciudadana común y corriente, sino de algo mucho más restrictivo: de una mujer de raza negra que al lado de su novio y luego esposo, Barack Obama, del mismo color, se abría campo en medio de enormes aprietos, tanto para entrar a universidades en las que la gran mayoría de estudiantes eran blancos, como para hacerse valer en los círculos del trabajo, de la sociedad y la política.
Su mundo se circunscribía a un barrio de clase pobre en las afueras de Chicago. Desde entonces, sus padres le inculcaron la regla de que tenía que ser mujer fuerte, de carácter y principios. Robbie, su tía abuela, le mostró caminos de superación, le dio clases de piano y a su muerte dejó de herencia a sus padres la casa donde vivía. Fueron propietarios por primera vez de un inmueble.
Estudió en las universidades de Princeton y Harvard. Y se vinculó a prestante firma de abogados en Chicago. Allí conoció a Barack Obama, con quien se casó en 1992. La empatía con el futuro mandatario, tanto en el campo afectivo como en el de los ideales, era evidente. Sin embargo, Michelle no se sentía atraída por la política, si bien se propuso —y logró— ser la mano derecha de su esposo en la vida pública.
La llegada de los cónyuges con sus dos hijas a la Casa Blanca marca un hito en la historia norteamericana. El libro describe a la perfección la atmósfera de luces y sombras que se respira en el dorado recinto de los presidentes, lleno esplendor y al mismo tiempo de limitaciones, sofocos y cosas extrañas. Ellos supieron acomodar este ámbito a su propio estilo como la primera pareja de raza negra que accedía al poder de la nación.
La Casa Blanca es un palacio desconcertante, con 132 habitaciones, 35 baños y 28 chimeneas. Comparada con la humilde vivienda donde Michelle y su familia residieron en convivencia con sus tíos y primos, representaba un salto no tanto deslumbrador, como traumático. Pero se acostumbraron al cambio. De entrada, la nueva ama de casa informó al personal doméstico que sus hijas se harían la cama todas las mañanas, y a ellas les advirtió que debían mantener la educación y la amabilidad que habían aprendido en el hogar y abstenerse de solicitar lo que no necesitaran o que pudieran conseguir por sus propios medios.
Mientras Obama acometía grandes programas nacionales y mundiales, la primera dama se las ingeniaba para desarrollar ideas de menor entidad, pero benéficas y trascendentes en los campos de la salud infantil, la educación, la actividad física y la alimentación saludable. Concientizó a la opinión pública sobre los peligros que entraña la obesidad infantil, tan marcada en el país. Y dejó su huella personal en el huerto orgánico de la Casa Blanca.
Este es su mensaje final: “Hay cosas que nos hacen poderosos: darnos a conocer, hacernos oír, ser dueños de nuestro relato personal y único, expresarnos con nuestra auténtica voz. Y hay algo que nos confiere dignidad: estar dispuestos a conocer y escuchar a los demás. Para mí, así es como forjamos nuestra historia”.