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Las políticas suenan igual; los objetivos son diferentes

La crisis económica ha provocado que la atención del electorado se mueva rápidamente de vuelta a las visiones distintas de los senadores Barack Obama y John McCain, que en ocasiones suenan igual, pero no lo son. Obama promete el "cambio". McCain promete la "reforma". El debate es transmitido en este momento por CNN.

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Esas palabras representan agendas gubernamentales con características que se traslapan, pero que tienen objetivos divergentes. Y pese a todas las recriminaciones sobre las "mentiras" de campaña, cada candidato puede ofrecer argumentos creíbles, enraizados en su filosofía y sus antecedentes.

Cada visión responde a una fuente diferente de descontento público hacia Washington. Eso explica en parte porqué la contienda sigue tan cerrada, y porqué las expectativas de los debates entre los candidatos, que comienzan el viernes en Misisipí, son tan elevadas.

Dos fuentes de pesimismo

Al relacionar a McCain con el presidente Bush, Obama invoca el símbolo preventivo de la desdicha del electorado. La filosofía acérrima del libre mercado de los principales republicanos ha perdido su lustre, y provocado el nerviosismo entre los estadounidenses por sus ahorros, y que ambos partidos se apresuren a rescatar a Wall Street.

En un estilo característicamente demócrata, Obama moderaría el celo por el libre mercado con más regulaciones gubernamentales, con una redistribución de la carga fiscal para beneficiar a las familias de la clase media y de la trabajadora a expensas de los más acaudalados, y con un incremento en el gasto federal en atención de la salud, la educación, la energía y la infraestructura. Ofrece un cambio en la ideología.

En contraste, McCain busca tocar el enojo del electorado por la forma en la que funciona o no Washington, con su rencor partidista, persecución sin fin del dinero y fracaso para atacar los problemas nacionales. El enojo es evidente en los pésimos índices de aprobación del Congreso demócrata y de Bush.

McCain ha expuesto un talento raro y una inclinación a sacudir a la ortodoxia partidista en busca de soluciones, más notablemente, su empuje para una reforma sobre el financiamiento de las campañas y el poco exitoso impulso a una legislación nueva e integral sobre la inmigración. La reforma que ofrece se dirige en gran medida a un proceso de gobernar y a las posibilidades de avances bipartidistas en temas tan inextricables como la inmigración, el cambio climático y la insolvencia potencial de Medicare y el seguro social.

Para los millones de estadounidenses que sintonizarán el primer debate entre McCain y Obama desde la Universidad de

Misisipí en Oxford, enfrentar el cambio en la dirección con el cambio en el proceso político es una opción imperfecta. "La gente quiere ambas cosas", dijo William A. Galston, un ex asesor de la Casa Blanca durante el gobierno de Clinton.

El camino difícil

El enfoque de McCain conlleva al menos dos puntos vulnerables. Uno es si los compromisos que hizo con los conservadores durante las primarias, en especial sobre los recortes fiscales, y la hostil campaña para las elecciones generales le permitirían lograr compromisos bipartidistas como Presidente.

Su desafío más inmediato es convencer al electorado que atendería sus cuestionamientos cotidianos; sobre la atención de la salud, por ejemplo, se hace eco de Bush al proponer un incremento en lugar de moderar la dependencia en las fuerzas del mercado. "El problema de McCain es que está ofreciendo una reforma sin los cambios que mejorarían la seguridad económica", dijo Galston.

El comparativamente inexperto Obama debe convencer al electorado de que puede efectuar los cambios que revelan las encuestas de opinión. Con esa finalidad, hace un llamado a dejar atrás el partidismo de la generación política posterior a la Segunda Guerra Mundial.

En cuanto a la atención de la salud, la decisión de Obama de evitar un mandato de cobertura universal podría facilitar la apertura de un diálogo con los republicanos. Sin embargo, Washington ha demostrado en repetidas ocasiones que es más fácil es bloquear las acciones que llevarlas a cabo en este frente.

Y las contiendas presidenciales recientes indican que los instintos filosóficos del electorado yacen más cerca, aunque sólo ligeramente, de los de los republicanos.

Obama es vulnerable a la acusación de ser "demasiado liberal, un giro demasiado radical a la izquierda", dijo el ex representante Vin Weber, un republicano. "En realidad, es una gran cuestión histórica. Estados Unidos no ha votado claramente por ‘un giro a la izquierda’ desde Roosevelt".

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Un factor imponderable que es difícil cuantificar en las encuestas de opinión es: el papel que la raza de Obama tendrá en cómo el electorado pendular resolverá sus incertidumbres. Las posibilidades de que vean al demócrata afro-estadounidense de 47 años junto al republicano blanco de 72, que representa un arquetipo de liderazgo más conocido, podría resultar ser más trascendente que el desempeño de cualquiera de los dos en el debate.

"El país quiere un cambio", argumentó Chris Lehane, ex asesor del vicepresidente Al Gore. "Obama, por sus políticas, su mensaje, su propio aspecto, representa el cambio real. Creo que la población sólo está buscando formas en las que pueda confiar y creer en el cambio de Obama".

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