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POR GENTILEZA DEL DIRECTOR FIdel Cano, desde hoy aparecerá quincenalmente esta columna.
La columna cobijará las áreas en las que sentimos pasión por decir la verdad, por expresar, a veces por acusar y educar. La fórmula del coctel sería más o menos como meter en una batidora una dosis de temas sociales, con cucharadas de medio ambiente, unas gotas bienhechoras de la tarea de crecimiento espiritual, darles una mezclada y pasarlos por el cedazo del inevitable sesgo personal. Le añadiríamos algo de conciencia ciudadana y un toque de lírica para no envilecer más lo que ya es vil.
Hay columnas que sostienen y columnas que adornan. También hay columnas en cuya cima se sienta el estilita a contemplar los universos, el de adentro y el de afuera. Esa es la idea; poner la prosa al servicio de las tres virtudes de todas las culturas: conciencia, verdad y belleza, para que el ejercicio tenga una basa firme, una fusta elegante y un capitel estético que le sume al conjunto.
Por este espacio cruzarán efímeros temas, disímiles sólo en apariencia: agua, tierra, justicia, concesiones forestales, legado indígena, transformación del alma, tolerancia y conciencia ciudadana, estrés, planeta… una ambiciosa columna vertebral, en suma.
Será un reto bien grande edificar sin sermonear, indicar sin acusar, denunciar sin temer, embellecer sin anestesiar, enaltecer sin adular. Se atravesarán los prejuicios, las pasiones calientes, las indignaciones patrias y planetarias inevitables que unas veces servirán de acicate y otras de poste metido entre la rueda del Dharma, lo apropiado.
Un columnista de esta zona del planeta podría aspirar a ser el pilar de una maloka, puesto en su sitio, organizando los pequeños cosmos cotidianos, o aspirar por lo menos a poste de la luz en las oscuridades urbanas colectivas. Se realiza el esfuerzo, se pone el bulto y se hace la tarea, y para lo que falte, que los que se inventaron y preservan esta esfera cumplan con sus funciones sin negligencia alguna.
Algunas veces la densidad de los temas ensombrecerá la prosa y las ideas, pero otras veces habrá motivos de alegría, como cuando se sabe que hay gente trabajando por los otros en labores altruistas increíbles, o defendiendo principios con su vida o preservando reservas naturales en un sistema que valora más los árboles muertos que los vivos.
Pero el mejor antídoto para que las falencias no pasen a mayores es mantener a toda costa el sentido del humor. Reírse de sí mismo y no tomarse en serio es lo que nos permite recuperar la perspectiva y respirar. Debe haber muchos nombres en ingano, tatuyo, en muisca o en uitoto para evocar al dios de la chacota. A ese hoy me acojo, para que la columna no peque de solemne ni hablando de la muerte.