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Aborto, gays

Humberto de la Calle
20 de noviembre de 2010 – 09:56 p. m.

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CUANDO LA IGLESIA SE OPONE AL llamado derecho de opción, aquella propuesta según la cual una mujer es libre por sí y ante sí de abortar, esa oposición merece respeto.

Aun quienes no estén de acuerdo deberían aceptar que, por lo menos, no es una postura arbitraria. Y que pone en salmuera valores éticos importantes. Pero, en cambio, la agresiva campaña contra las tres formas de aborto permitidas es un acto de salvajismo, un atropello contra la dignidad de la mujer, una negación de la más elemental caridad cristiana.

Por apegarse al valor absoluto de la vida que dice defender, la Iglesia pierde el sentido de toda proporción.

Miremos el primer extremo: Durante mucho tiempo la Iglesia sostuvo que un feto masculino sólo era persona 40 días después de la concepción. Y el feto femenino, ocho días después. Se condenaba el aborto, pero como consecuencia de concebir el sexo dentro del deber de procrear, no porque la Iglesia creyera que la personalidad humana comenzara con la concepción. Esto sólo vino a ser realidad teológica por una razón distinta: por la necesidad de sostener que la Virgen había sido concebida sin pecado. En efecto, apenas en 1854, Pío IX proclamó como dogma la concepción inmaculada. Y sólo pocos años después, en el acta Apostolicace sedis de 1869, se eliminó la norma que preveía la excomunión únicamente para los abortos de fetos que hubiesen recibido un alma. Es más, en la bula Effraenatam, Sixto V intentó en 1588 la condena sin excepciones, pero ella sólo duró dos años.

Y miremos el otro extremo de la ecuación: Eso de que una mujer se vea obligada a tener un hijo con serias deformaciones, esto es, a darle inicio a una tragedia inenarrable para el feto, para los padres y para la sociedad, so pena de ir a la cárcel, es un acto de crueldad supremo.

De modo que ya es casi universal que, por mil razones, al menos se ha llegado al compromiso de establecer algunos casos de aborto sin penalización. Es algo sobre lo que virtualmente hay unanimidad en el mundo.

El que, por otro lado, el nuevo presidente del Partido Conservador entre a chuparle rueda a la Iglesia en una actitud tan regresiva, recuerda las peores épocas del nefasto maridaje entre la Iglesia y la política. Creo que esta propuesta no ha sido bien recibida por los millones de conservadores que se alejan de una postura tan cerril, ni por la propia Iglesia.

Preocupa la sentencia de la Corte Constitucional sobre matrimonio de parejas del mismo sexo. Se alegaron razones de forma. Aunque el tema está lleno de complejidades, la disyuntiva que planteaba la demanda era suficientemente clara. La ponencia de la doctora Calle era contundente: negarle a una pareja el derecho a casarse por su inclinación sexual es un acto de discriminación inocultable.

La idea, implícita en esta discusión, de que los homosexuales son unos viciosos pervertidos, riñe con el propósito de casarse: ¿quién se casa por vicio? Por otro lado, es difícil que alguien pueda alegar, realmente, que se ofenden sus derechos porque una pareja de gays se casa. Una cosa es que le moleste, que considere que es una relación antinatural. ¿Pero posar de víctima? No se ve claro.

Cuidado. Que no se convierta la acción pública de inconstitucionalidad, en una especie de recurso de casación trasnochado, discriminatorio y obsoleto.

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