Colombia: 200 años sin pacto sobre lo fundamental

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Soy de la opinión que este país no ha tenido en 200 años de vida independiente, en que ha intentado ser una república, un verdadero acuerdo o pacto sobre lo fundamental (PF). Me parece que el año en que se celebra el bicentenario de la independencia nacional, la gloriosa lucha por emanciparnos de la metrópoli española, es de inmensa pertinencia examinar este asunto en el cual posiblemente se encuentre la raíz de los mayores desencuentros y polarizaciones del presente. 

A esta visión-conclusión he llegado por la trayectoria de varias décadas inmerso en avatares sociales y políticos, por el intercambio con amigos y compañeros de proyectos y de luchas y, también, por lecturas sobre la agitada historia política de Colombia. Es un problema que me ha preocupado por largo tiempo, que por un momento pareció encontrar solución en el proceso que desembocó en la Constitución de 1991 y que hoy, ante hechos de exterminio social y de terrorismo delirante, vuelve a plantearse con insospechada fuerza. 

El de pacto sobre lo fundamental (PF) es un concepto y un desiderátum de la política moderna. El PF cumple la función de sólido basamento de la arquitectura de un orden social democrático. El PF es el marco de referencia común que hace viable una nación y le permite gobernarse a sí misma con un manejo reglado y pactado de sus diferencias internas, su pluralidad de opciones y su natural conflictividad originada en visiones, intereses, variadas formas de vivir y de gobernar. El PF codifica valores, propósitos comunes y reglas de juego en función de un proyecto de país hacia el cual tiende el conglomerado social.  

De ordinario el PF se contiene en la constitución política, la inspira o se deriva de ella. Hay situaciones de conmoción general en la vida de las sociedades y los pueblos que desembocan en nuevos pactos fundamentales, vale decir, fundacionales y constitucionales. Pero hay también situaciones en que la conmoción general, la discrepancia insondable, a donde conduce es a redescubrir que el pacto existe ya formulado en el texto constitucional pero no agenciado en la práctica política, es decir, ésta, en sus expresiones, condiciones y dinámicas predominantes, transcurre divorciada del proyecto básico de país previa y legítimamente concertado y establecido.  

Me inclino a pensar que la conmoción que se experimenta en la actualidad tiene que ver no con el primero sino con el segundo tipo de situaciones: tuvo  el país la sabiduría de dotarse de un acuerdo o pacto sobre lo fundamental, pacto fundacional constitucional (1991), pero no ha tenido el acierto de desenvolverse dentro de ese marco. Hay un país formal moderno, democrático, libre, soberano y justo en la constitución escrita pero el país real es otro: no hay instituciones, fuerzas, actores, sujetos colectivos, liderazgos políticos que se inspiren en ese proyecto, se mantengan fieles a él y pugnen por hacerlo realidad. Existe un diseño de nueva república, pero no se materializa porque no hay sujeto, mejor sujetos, en capacidad y con voluntad de hacerlo carne y sangre de la vida social.   

La Constitución de 1991 contiene la prioridad para la vida (Preámbulo, Art.11), el ejercicio transparente de la administración (209), el derecho y deber de construir la paz (22), el reconocimiento de la pluralidad cultural y étnica (7), la igualdad de derechos y oportunidades para las mujeres (43), el derecho a constituir asociaciones, movimientos y partidos (38,103,107), la posibilidad de ejercer la oposición (112), la garantía para la protesta social legítima (37), la consagración amplia de derechos (11-98) y la asignación de fines sociales al Estado a fin de hacerlos realidad (2), la necesidad de proteger el ambiente (79), los recursos naturales (80), el monopolio garantista de la fuerza en manos del Estado (217), la separación clara de poderes (113), la proyección de la vida del país a la construcción de un Estado social, democrático de derecho (1), que respeta la autodeterminación de los pueblos (9), que participa en el avance de la integración con los vecinos (Preámbulo), abierto al mundo globalizado (227)… 

Esta limitada enumeración de temas sensibles muestra que en la Constitución vigente, como en caja de herramientas, están contempladas las disposiciones básicas necesarias para el pacto sobre lo fundamental que hace viable la nación. El camino de superación de la tragedia reincidente de Colombia estaría en revivir el pacto fundante y en actualizar el compromiso para hacerlo realidad.  

No puede ser que una sociedad que tiene un concepto tan avanzado y atrayente de su propia realización, esté dedicada a autodestruirse por confrontaciones,  polarizaciones y diferencias que no se tramitan democráticamente, que llevan a la intolerancia total, hasta la muerte de unos por otros, hasta el espectáculo dantesco de prácticas de terror, sobresaliendo el desapego a los valores de la solidaridad, la justicia, la verdad, la libertad, y el apego, ese sí persistente y terco, al todo vale, a la anomia disolvente y al imperio de las violencias de toda índole. No puede ser.   

Los diálogos con las FARC en La Habana tuvieron como resultado que este movimiento insurgente aceptara dejar las armas para vincularse al pacto existente y los puntos centrales del Acuerdo Final de Paz (24 noviembre, 2016) quedaron insertos en el cuerpo de la Constitución Política. Ese acuerdo, integrado al pacto fundante, no puede quedarse escrito e incumplido. Se apuntala la necesidad de que el pacto, todo el pacto, sea objeto de cumplimiento por parte de los actores políticos, el primero de ellos el Estado mismo. 

Profundizar el desfase entre pacto escrito y realidad política solo agravará los males que ya afectan la salud de la república. La coherencia, en cambio, incentivará la decisión de otros actores de vincularse al pacto. Esta vía, y no la de la continuar y agudizar la confrontación, pondrá con certeza al país en la perspectiva de una auténtica transición. Nadie perderá, todos ganaremos.

No es la fórmula consociativa que crea oligopolios políticos, incluyentes de unos y excluyentes de otros, como el Frente Nacional, o los repetidos acuerdos de “unidad nacional”, lo que se echa de menos y se reclama. El PF es un marco de referencia común para el ejercicio de la más amplia pluralidad. Quizá se ha pensado e intentado, pero no se ha logrado en 200 años. 

El Presidente Iván Duque acierta cuando propone Pacto por Colombia. El líder alternativo Gustavo Petro acierta cuando propone Pacto sobre lo Fundamental. ¿No puede en el año del bicentenario y ante el acicate de las dolorosas circunstancias actuales abrirse un diálogo entre estas dos propuestas? 

El país se resiste a seguir descuadernado, pero al país no lo encuaderna la imposición de un bloque político sobre otro. O la rendición de unos ante otros en la confrontación político-militar. Reeditar la exclusión de actores significantes en la vida regional y nacional equivaldría a atizar el fuego de la confrontación y a continuar sin tregua el síndrome de autodestrucción que afecta a esta patria desde su nacimiento. 

Por ello considero plenamente acertada la aguda observación de Boaventura de Sousa Santos: “Colombia es hoy tal vez el país del mundo donde la posibilidad de convivencia democrática real está en la agenda política de modo más decisivo y dramático. Ensombrecida por el monstruo de la violencia desde su nacimiento, un monstruo de producción mixta local e imperial, Colombia, en la medida en que apuesta por la no repetición de la violencia, está de hecho proponiendo la refundación del país, un desafío inmenso” (Democracia y Transformación Social, 2017). 

Colombia no puede seguir atrapada en el paradójico esquema de orden y violencia que ha signado los dos primeros siglos de su vida independiente: guerras civiles en el siglo XIX, violencias sucesivas y traslapadas en los siglos XX y XXI con elecciones ininterrumpidas. Solo si el orden es efectivamente democrático desaparecerá el componente de violencia. Para ello es preciso revivir y hacer realidad el pacto sobre lo fundamental. Ese es el reto al momento del bicentenario. Se requiere emprender un amplio diálogo nacional, hablar con todo el mundo, en todas las direcciones. ¿Cuándo tomaremos la decisión de ser razonables? 

@luisisandoval  lucho_sando@yahoo.es

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