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PARA CONTINUAR ALGUNOS ESTUdios me dispongo a abandonar el país en las próximas horas, dejando así a Bogotá, ciudad en la que sin lugar a dudas pasé los mejores 11 años de mi vida.
Recuerdo perfectamente cómo, tras 9 horas de bus intermunicipal, llegué a la terminal de transportes en una helada madrugada de enero. Bogotá con sus noches largas y sus rolos tuteadores me fascinó desde el comienzo.
Soplaban vientos de cambio. Mediante la inyección de presupuesto al Instituto Distrital de Cultura y Turismo, Mockus se había propuesto transformar las prácticas de los ciudadanos. Así, a través de pedagógicas campañas de respeto al otro y lo público se implementaron discursos como el de la cultura ciudadana o el de la satanización de la corrupción y el clientelismo. Peñalosa, de su lado, creyó en la existencia de una relación directamente proporcional entre ciudadanía y espacio público, así como en la importancia de la seguridad y el desarrollo de la infraestructura.
Bajas tasas de homicidios, significativas mejoras en el desempeño del cuerpo de policía metropolitana, sólidas bases para una tradición tributaria e innegables avances en materia de movilidad son quizás los legados más destacables del binomio Mockus/Peñalosa. El fenómeno, descrito por Francisco Gutiérrez Sanín como “el milagro bogotano”, sembró un clima de esperanza, fue motivo de orgullo para los capitalinos y fuente de inspiración para el país en general.
De un tiempo para acá, sin embargo, el milagro es pesadilla. Julito y Camila nos lo confirman cada mañana, los Nule se acusan entre ellos, los concejales que debieran hacer control político cogobiernan, el Alcalde rememora a su “abuelito” y se avergüenza a sí mismo en cada declaración y el contralor distrital, que está ahí para supervisar, se pliega al espejo retrovisor. Ya nadie quiere vivir en la capital. Bogotá es otra vez la caótica ciudad ochentera sobre la que leí años atrás en la novela Sin remedio.