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Las campañas políticas del año pasado y algunas iniciativas parlamentarias en los primeros meses del actual gobierno nos muestran que dos formas de populismo, una de derecha y otra de izquierda, están tratando de seducir a los colombianos.
Desde la derecha, el Centro Democrático ha lanzado una andanada de arriesgadas propuestas que han puesto contra las cuerdas al equipo económico del Gobierno: el alza extraordinaria del salario mínimo, una prima adicional para los empleados y trabajadores, nuevas gabelas tributarias y una norma constitucional que permite que los congresistas se repartan la quinta parte del presupuesto de inversión. En esta actitud, ciertos líderes del uribismo parecen animados por el empeño de disputarle, con sus mismas armas, los seguidores al candidato de la Colombia Humana, quien, de hecho, con el objeto de multiplicar el caudal de sus votantes, pintó pajaritos de oro por toda Colombia en la pasada campaña electoral.
Tristemente, parecería que la política colombiana, de la mano de algunos de sus principales protagonistas, está entrando en el peligroso camino de que los votos y las lealtades se tratan de conseguir únicamente prometiendo y haciendo que los recursos públicos y privados se orienten al servicio de los intereses electorales de corto plazo, sin ninguna consideración por las realidades financieras. Poco o nada se habla de los serios problemas fiscales y de otras reformas indispensables que implican sacrificios, costos y dificultades transitorias. Hay que añadir que varios grupos de la oposición, haciendo a un lado las tradicionales reservas y distancias que la separan de los más caracterizados líderes de la derecha, han apoyado al Centro Democrático en la mayoría de sus complicadas propuestas.
En medio de esta singular puja se echa de menos la presencia de congresistas experimentados, cargados de conocimientos, que sirvan —como lo hicieron en el pasado reconocidas figuras parlamentarias— de diques de contención contra las ideas disparatadas. Esta era también una de las tareas de los partidos políticos, responsables por décadas de la viabilidad económica del país (el Partido Liberal, incluso desde los días de la Revolución en Marcha, se proclamó defensor de la moneda sana, en contra de quienes favorecían las aventuras fiscales con la emisión monetaria). Pero esa fue, ante todo, una de las principales tareas de los buenos gobiernos, apoyados en equipos económicos serios, que asumían con responsabilidad y decisión, aún a expensas de su propia popularidad y manteniendo a raya a algunos de sus seguidores, el costo de impedir que prosperaran las ideas insensatas.
Una de las grandes responsabilidades del gobierno del presidente Duque, teniendo en cuenta los intereses de largo plazo, es precisamente apoyar a su ministro de Hacienda para moderar o sacar de la agenda algunas iniciativas de su propio partido (impulsadas, a veces, por otros miembros de su gabinete con línea directa con su bancada), y también aquellas que, de cuando en cuando, surgen de la oposición con el apoyo de miembros del partido del mandatario. Los grandes riesgos que gravitan sobre la economía, provenientes de delicados factores internos y externos, ameritan que se mantenga la mayor seriedad en la conducción de los asuntos económicos. No hay espacio para aventuras populistas.