Adicción a Uribe

Daniel Pacheco
21 de enero de 2019 – 03:46 p. m.

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No es cualquier compulsión. Empezó como un hábito obligatorio cuando estaba en el poder. Incluso luego, cuándo era la voz más importante de la oposición, su consumo revestía una justificación cívica. Pero ahora, cuando no es ni gobierno ni oposición, la adicción a Uribe, a su Twitter, a sus similares más extremos, a ese calentamiento de la sangre progresista que excita las venas liberales, las plumas periodísticas, empieza a parecer cada vez más un problema de salud pública democrática.

Es ciertamente un hábito delicioso. Ese es el problema. Usar a Uribe como el punto de referencia de todo el uribismo, de todo el Centro Democrático, de todo el Gobierno, facilita mucho. Ayuda a mantener una superioridad moral constante. Elimina cualquier necesidad engorrosa de negociación con quienes son tan diferentes. Porque qué jartera tener que cuestionarse algo; es mejor reaccionar desde la orilla del bien, la justicia, y la verdad final de lo que es bueno para Colombia. Ayuda a justificar nuestras fallas, a hacerlas más pequeñas, incluso insignificantes—un pequeño olvido de crímenes pasados, un dogmatismo de quienes se proclaman librepensadores— frente a la lucha contra todo lo que está mal con Colombia.

Uribe no se ayuda. Estalla una bomba y trina: “¡Qué grave que la paz haya sido un proceso de sometimiento del Estado al terrorismo!”. Se agita la sangre, se mueven los dedos, se prenden las tendencias, se divide el país, y terminamos con una cantidad de gente diciendo que “Yo no marcho con el uribismo”, o “Uribismo el es cáncer de Colombia”. Ese es el punto de cualquier droga tan deliciosamente adictiva. La cocaína, la heroína, el azúcar también. Sus cualidades estimulantes, relajantes y endulzantes son suyas, como las carnitas de Álvaro son de él. Pero son sus yonkies, los que las encuentran irresistibles a pesar del daño que, intuyen, genera su consumo desmedido en el discurso público, quienes no pueden dejar de comprarlas y consumirlas.

Porque mientras el presidente —y en gracia de discusión aceptemos que es el presidente que puso Uribe, pero que actúa distinto a él— llama a la unidad y adopta un discurso coherente con la convergencia, la otra facción que domina la conversación puede responder:  “Yo no marcho con el uribismo”; con un “Uribe cáncer de Colombia”.  

No se trata de volcarse a un programa de abstinencia total, eso no sería sano. Y por supuesto no hablo de un programa prohibicionista, ni más faltaba.  Más bien sentemos la diferencia entre el consumidor recreativo y el adicto compulsivo. Reconozcamos que hay un problema. Que volver a Uribe un factor de consumo recreativo sea un propósito de año nuevo. Se necesita solo un toque de moderación para dejar que surjan otras voces. Uribe será Uribe, pero si lo ignoramos a veces, si lo dejamos ser en silencio, surgirán otros matices; los de Duque, los de los conservadores, los de la centroderecha tecnocrática, los de los empresarios, etc.

Sin tanto Uribe serán menos convincentes los radicalismos del otro lado también. “Terrorista es quien quiere mantener la guerra” trina, por ejemplo, Gustavo Petro en medio de la discusión. Como contramedida a un pase de Uribe la postura es convincente, pero no tanto frente a una calada del más moderado Duque. 

Día uno en contra de esta adicción, porque reconozco que tengo un problema. Veremos cómo va.  

@danielpacheco

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