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Cien días históricos

Alvaro Forero Tascón
07 de noviembre de 2010 – 09:54 p. m.

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EN LOS PRIMEROS CIEN DÍAS DEL GObierno de Juan Manuel Santos no se devolvió el péndulo político. No en el sentido tradicional, desde la derecha hacia la izquierda.

Sólo se inclinó hacia la centro derecha, lo que no tiene ninguna connotación revolucionaria. Sin embargo, en cien días se llevó a cabo una corrección de proporciones históricas, tanto por su contenido ideológico como por su envergadura política. En cien días Juan Manuel Santos corrigió el curso reaccionario que había tomado Colombia y lo devolvió por el camino de la tradición liberal: institucional, consensual y reformista.

En cien días se desmontó el populismo, se restituyó la armonía institucional, se retornó al respeto del espíritu de la Constitución del 91, se recompuso la colaboración política, se realinearon las relaciones internacionales, se renivelaron los principales cargos del Estado. Y se iniciaron procesos para normalizar las condiciones del campo para las víctimas de la violencia y el desplazamiento, para atacar la crisis de la salud, para democratizar el patrimonio de las regalías, para enfrentar algunos de los problemas de la justicia, para atacar el desempleo, para reformar el Estado, para combatir la corrupción. Y se hicieron los cambios profundizando simultáneamente la seguridad.

En cien días se enterraron los dos mitos que dominaron la narrativa política en Colombia durante los últimos años: que la popularidad presidencial y los éxitos militares eran exclusivos de un hombre providencial. Se comprobó que esos fenómenos eran realmente consecuencia de políticas de Estado efectivas y hondamente arraigadas en la población.

Políticamente, en cien días se despojó al uribismo de su pretensión hegemónica, reduciéndolo históricamente a un paréntesis caudillista para detener la burbuja de violencia de fin del siglo ocasionada por la explosión de cultivos de coca y amapola. Se hizo contestando el rudo juego de ajedrez planteado por Álvaro Uribe para dominar la agenda política y con ello al gobierno —su ascendencia sobre el electorado y la clase política uribistas, ampliamente mayoritarios—. Santos respondió el jaque avanzando dos torres: Germán Vargas y el Partido Liberal. Al hacerlo recompuso drásticamente el balance de poder estratégico, pues con cerca de setenta y nueve parlamentarios adicionales, no sólo dejaba de depender del Partido Conservador y el ala ultrauribista del Partido de la U para fijar la agenda legislativa, sino que reconfiguraba su gobierno con las iniciativas legislativas liberales que le han dado una imagen reformista.

El motor de los cien días ha sido la Unidad Nacional, que no solamente es una brillante estrategia política y una reedición del intento del Frente Nacional para recomponer institucionalmente el país luego del período autoritario producido por el agudizamiento de la violencia, sino también un acuerdo programático reformista sobre lo fundamental, que puede terminar revigorizando los partidos tradicionales, mejorando las condiciones sociales del país e introduciéndolo finalmente en el siglo XXI.

Más que una luna de miel, han sido cien días marcados por la búsqueda de una sociedad más armónica, en que el Gobierno ha actuado con visión, decisión y respeto, y los colombianos le hemos respondido con respeto y solidaridad.

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