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Por las calles de Buga, Valle del Cauca, un niño crecía entre partidos de fútbol, gritos de gol y sueños de ser arquero profesional. Francisco Sanclemente no imaginaba que su destino cambiaría de un momento a otro, sin ningún aviso. Un día sintió unos malestares “comunes”, pero cuando intentó levantarse de la cama el cuerpo dejó de responderle.
“Sentí un dolor brutal en la espalda y me fui al suelo. Las piernas no reaccionaban”. Tenía 18 años. Jugaba en las divisiones menores del Once Caldas, con el que disputó torneos regionales. Su carrera apenas comenzaba cuando una mielitis transversa —una inflamación severa de la médula espinal— le quitó la movilidad en las piernas en menos de 24 horas. Su vida, hasta entonces marcada por los guantes de arquero, pasó a girar en torno a una silla de ruedas.
Volvió a casa sin poder caminar, sin haber terminado el colegio, a punto de ser padre y con un futuro incierto. “Todo se cayó”, recuerda. Pero no por mucho tiempo. A su manera, Francisco empezó a reconstruirse. Terminó el bachillerato, ingresó a la universidad a estudiar administración de empresas y un día, en medio de ese proceso, se encendió de nuevo una chispa en el deporte.
“Entendí que la película había cambiado, pero no el sueño”, dice. Si había deporte en silla de ruedas, él quería estar ahí. Así incursionó en el atletismo paralímpico y la maratón. Sin pista, sin entrenadores, sin experiencia. “Quedaba último en todas las carreras, pero me llenaba de energía y motivación”.
En 2012 participó en sus primeras medias maratones. En Bogotá terminó último, y en Cali, también. Sin embargo, siguió, tocó puertas, buscó patrocinadores, aprendió de biomecánica, ajustó su silla como pudo. “Fue ensayo-error. Muchas más veces error”. En Buga no había pista ni recursos, ni estructura, pero tenía algo más fuerte: una mezcla de pasión, disciplina y propósito.
Su cuerpo, ancho y robusto, parece más el de un lanzador de jabalina o de un pesista que el de un maratonista. “No tengo el biotipo para esto, pero me convencí de que no era imposible”. Así, desde el suelo de su habitación hasta las calles de las grandes ciudades, fue construyendo su camino.
El punto de inflexión llegó en 2017. En una competencia conoció a Rafael Botello, maratonista español, quien lo ayudó a ver el deporte desde otra perspectiva. “Me enseñó lo importante de la posición en la silla, de amarrarme bien, de bajar las rodillas. Pequeños ajustes técnicos que marcaron una gran diferencia”. Con eso, y siete meses de dedicación extrema, logró hacer de su peso una ventaja. “Si soy grande, uso la gravedad: bajo con fuerza, empujo con potencia”.
En 2019 viajó a México D. F., una ciudad que le había sido hostil por la altitud y la hipoxia en el pasado. Esa vez no solo aguantó, sino que ganó. Y fue entonces cuando supo que sí podía estar entre los mejores del mundo.
Poco después alcanzó el puesto 12 en el ranquin mundial de la maratón paralímpica. Todo indicaba que estaría en Tokio 2020, pero llegó la pandemia y con ella un ajuste en el reglamento que redujo los cupos de 20 a 10. Francisco quedó fuera. “Fue un baldado de agua fría. Pero siempre sentí que había clasificado, aunque no estuviera en la lista”.

No se rindió. Empezó a preparar la revancha: París 2024. En el camino sumó decenas de medallas que guarda con orgullo en su casa de Buga. Entre ellas títulos que lo han consolidado como uno de los grandes del continente: récord suramericano de maratón (Duluth, 2019), tricampeón de la Maratón de Buenos Aires (2017-2018-2019), bicampeón de la Media Maratón de Miami (2017-2018) y de la Maratón de Madrid (2017-2018). También ha sido múltiple campeón de la Maratón de Ciudad de México (2019-2021-2022), campeón de la Maratón de Guadalajara 2021 y de su media maratón en 2022. Y más recientemente tricampeón de la Maratón de Los Ángeles (2023-2024-2025).
Sin embargo, en 2024, la capital francesa no fue del todo amable con el paratleta colombiano. En abril, durante la Maratón de París, sufrió una caída que lo alejó del podio. Luego, ya en los Juegos Olímpicos, una enfermedad lo golpeó en plena competencia. Terminó undécimo. Aun así, no se quedó con las manos vacías. “Estuve con los mejores del mundo. Fui uno de ellos. Eso no me lo quita nadie”.
Este año se sacó la espina y volvió a subirse al podio en la Maratón de París. “Estuve cerca del primer lugar. Perdí por detalles, pero quedé feliz. Fue una carrera muy exigente y la disfruté como nunca”.
Hoy, a sus 37 años, Francisco Sanclemente sigue adelante. Tiene la mira puesta en Los Ángeles 2028 y Brisbane 2032. Entrena todos los días para mejorar técnica, velocidad y aerodinámica. Y lo hace en su ciudad natal, porque tiene una idea fija: dejar huella entre su gente. “Ganar medallas no cambia la vida de nadie. Lo que cambia vidas es abrir puertas para los que vienen atrás”.
Sueña con que dentro de 10 años algún joven de Buga lo vea no como un héroe lejano, sino como una prueba viva de que sí se puede. “Si hay uno, dos, cinco pelados que sueñen con ir a los Juegos Paralímpicos, porque vieron que yo pude, ya hice algo importante”.
Aquel arquero que cayó sin aviso y sin poder levantarse, hoy avanza más rápido que nunca. No se trata de volver a caminar, sino de nunca dejar de soñar.
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