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Quisiera lograr el equilibrio entre el optimismo —que patina en el filo de la ingenuidad— y el pesimismo, con su manía de reteñir amarguras y dejar las cosas igual o peor de lo que estaban.
No es fácil “pintarse la cara color esperanza”, o encontrar el tono adecuado en uno de los países más paradójicos y más felices del mundo, acostumbrado a endiosar y descalificar a ciegas, y tatuar unos INRI del tamaño del odio en la frente del adversario.
Es casi impensable que enero transcurra como si nada, libre de propósitos de enmienda y reivindicación. No está bien prometer milagros, pero es preciso hacer hasta lo imposible por liberarnos de la inercia, de la complicidad del silencio y la perversa incitación a la violencia.
Les propongo, como lectores y escritores, ejercitar la coherencia; por ejemplo, si hablamos de reconciliación, inclusión y empatía, eso implica abrir el compás de la verdad: en un país que lleva 60 años matándose, la verdad es una inmensa y adolorida colcha de retazos; cada pedazo de tela es un duelo y un éxodo, un silencio forzoso, una voz y unos cuerpos quebrados. Una memoria tejida entre funerales, selvas y ausencias.
No me comprometo a defender versiones únicas de verdades partidas: me comprometo, sí, a oír, decantar y valorar los distintos dolores y temores que hay detrás de cada historia que pueda conocer. Eso lo aprendí ya de abuela, cuando una tarde, en la universidad de Los Andes, me sorprendí conmovida por igual frente a desmovilizados de los distintos bandos de nuestras guerras. Imposible olvidar su testimonio, lo absurda que había sido su infancia y las deudas pendientes que tenemos en todas las orillas de la sociedad.
Propongo también que ninguna denuncia nos quede grande y que la intimidación nos resbale como una masa viscosa, hecha de plomo y aceite. Que nuestra crítica sea un referente serio, estudiado y confiable —no un destroyer insulso y politiquero que le haga eco a los disociadores de oficio—; que sirva para abrir los ojos, para no dejarnos idiotizar y comprender que en la compraventa de principios empieza el fin.
Defenderé hasta la última letra la libertad de expresión; no la libertad de agresión, no la libertad de calumnia, ni la libertad de empacar mentiras que infundan temores y prejuicios, que luego se transforman por arte de amenazas en votos y vetos.
Propongo que nos comprometamos a construir colectivamente una paz sin armas y sin rencores. Rechacemos todo aquello que se burle de la vida, que vulnere los derechos ciudadanos y pase por encima de la capacidad de disentir con argumentos. Lo que vaya en contra de “desarmar los espíritus”, o propenda por “armar a discreción” a los civiles, es un suicidio social; un reverso absurdo, como esos náufragos que nadan desesperadamente hacia la orilla que se está incendiando. Para cometer o apoyar esa estupidez, ¡no cuenten conmigo!
No le temo al poder ni me arrodillo ante él; pero tampoco odio a nadie por el hecho de ser poderoso: el poder bien ejercido es motor, no delito. Al corrupto —caudillo, albañil, juez o banquero— que ni lo linchen ni lo elogien: que le impidan legalmante su vuelo perverso, porque tiene podridas la brújula y las alas.
Y si al llegar el punto final de cada columna o de cada jornada, creemos que lo sabemos todo, cambiemos de espejo, porque equivocarnos, reaprender y corregirnos es la fotosíntesis del pensamiento.
ariasgloria@hotmail.com