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La noche del 17 de febrero de 2026 en Lisboa debía ser una más de fútbol europeo. Benfica y Real Madrid se enfrentaban en la ida de los play-offs de la Champions League, y el partido transcurría con la intensidad propia de una eliminatoria continental. Pero, cuando Vinícius Júnior marcó el gol de la victoria y desató su celebración, nadie imaginaba que el estadio se convertiría en el escenario de un nuevo capítulo de una historia que el deporte lleva décadas intentando —con continuos fracasos— cerrar.
Lo que ocurrió después del tanto del brasileño desencadenó una secuencia que ya resulta inquietantemente familiar: el jugador del Benfica Gianluca Prestianni recibió la acusación directa de Vinícius por haberle dirigido un insulto racista (“mono”), el árbitro activó el protocolo antirracismo, el partido quedó detenido durante diez minutos mientras se investigaba el suceso y, al final, la UEFA abrió un expediente y suspendió provisionalmente a Prestianni para el partido de vuelta, aunque el futbolista niega haber proferido el insulto y el Benfica defiende su versión. La polémica mediática está servida, y con ella, el debate sobre racismo en el fútbol vuelve a primera plana.
No hay forma de saber si Prestiani le dijo mono a Vinicius, para mi si lo insulta pero viendo la secuencia completa es obvio que Vinicius empezó "la tienes adentro" le dice, si vas a insultar a tu rival pues aguantarte el insulto que venga de respuesta. pic.twitter.com/zoGytSaJSq
— Sayo Sandoval 🇨🇴 (@isaias_hersan01) February 18, 2026
El caso de Vinícius Júnior no es un episodio aislado ni reciente. Desde su llegada a Real Madrid, el brasileño se convirtió en una de las voces más visibles contra el racismo en el fútbol europeo. Cada denuncia suya ha tenido un doble efecto: incomodar a una parte del entorno futbolero y, al mismo tiempo, obligar a las instituciones a pronunciarse. Vinícius no solo ha sufrido insultos; ha decidido no normalizarlos. Y esa decisión, como demuestra la historia, tiene un precio que pocos están dispuestos a pagar.
Uno de los antecedentes más graves ocurrió en un partido de Liga ante Valencia CF, cuando desde la grada del estadio Mestalla se escucharon gritos racistas dirigidos al delantero. Vinícius señaló directamente a los responsables y el encuentro quedó marcado por una escena inédita: un jugador identificando a aficionados desde el campo, visiblemente afectado, mientras el partido continuaba casi como si nada. Aquella imagen recorrió el mundo y evidenció la fragilidad de los protocolos existentes.
Ese episodio se convirtió en un punto de quiebre. Hubo sanciones, comunicados oficiales y un debate que trascendió lo deportivo. Vinícius pasó de ser “el jugador que provoca” —un relato frecuente en ciertos discursos— a un símbolo incómodo: el del futbolista que expone una violencia estructural que el fútbol llevaba décadas relativizando. Su insistencia, incluso cuando es cuestionado, ya ha sentado un precedente que ahora, en Lisboa, vuelve a ponerse a prueba.

Sin embargo, la historia del deporte está sembrada de figuras que, mucho antes que Vinícius, asumieron el costo de enfrentar el racismo con su sola presencia. En 1947, Jackie Robinson rompió la barrera racial en la MLB con los Brooklyn Dodgers y soportó insultos, amenazas y agresiones en silencio estratégico. Su sola presencia en el campo transformó el béisbol y mostró que la integración no era un gesto simbólico, sino una confrontación directa con el racismo institucional. Robinson entendió que su resistencia silenciosa abriría el camino para quienes vendrían después.
Some stunning HD colorized footage of Jackie Robinson. pic.twitter.com/q9FTBanaWS
— Baseball’s Greatest Moments (@BBGreatMoments) February 21, 2026
Otro caso icónico es el de Muhammad Ali, quien llevó la lucha racial más allá del ring. Al negarse a ir a la guerra de Vietnam, Ali fue despojado de su título y suspendido, pero convirtió su castigo en un acto político. Su postura vinculó deporte, racismo y conciencia social en una época en la que pocos atletas se atrevían a hacerlo. Ali demostró que el deportista también es un ciudadano con derecho —y a veces obligación— de alzar la voz.

En los Juegos Olímpicos de 1968, Tommie Smith y John Carlos alzaron el puño con guante negro en el podio de los 200 metros. Ese gesto silencioso contra el racismo les costó el exilio deportivo y el estigma durante años, pero se convirtió en una de las imágenes más poderosas de protesta en la historia del deporte moderno. Décadas después, Colin Kaepernick retomó esa tradición al arrodillarse durante el himno en la NFL para denunciar la violencia racial en Estados Unidos. El precio fue alto: quedó fuera de la liga en plenitud de su carrera. Sin embargo, su acción reabrió un debate global sobre racismo, patriotismo y el derecho de los atletas a protestar.

La figura de Jesse Owens recuerda que el deporte también puede desafiar ideologías racistas desde el rendimiento. Sus cuatro oros en Berlín 1936 desarmaron, al menos simbólicamente, el mito de la supremacía aria promovido por el nazismo. Como Vinícius hoy, Owens incomodó al poder desde la pista, demostrando que algunos gestos deportivos trascienden su tiempo y redefinen la historia.
El otro gran hito reciente fue el impacto global del movimiento Black Lives Matter, que atravesó el deporte tras el asesinato de George Floyd en 2020. Futbolistas, basquetbolistas, tenistas y atletas de élite comenzaron a arrodillarse antes de los partidos, a usar brazaletes, camisetas y mensajes explícitos contra el racismo, y a detener competiciones como gesto de protesta. Desde la NBA hasta las ligas europeas de fútbol, el deporte asumió —aunque no sin resistencias— que el silencio también era una forma de complicidad, y que los atletas podían actuar colectivamente como agentes políticos y sociales.
Simone Biles encaja con claridad en ese lugar. Aunque su lucha pública se ha asociado más a la salud mental, Biles también ha sido una voz firme contra el racismo en el deporte estadounidense. En varios momentos ha denunciado el trato desigual hacia los atletas negros, especialmente cuando sus éxitos son celebrados solo mientras ganan, pero sus decisiones personales o errores son juzgados con una dureza distinta. Tras Tokio 2020, Biles señaló cómo muchos cuestionamientos hacia ella estaban atravesados por prejuicios raciales y por la expectativa histórica de que las deportistas negras “resistan todo” sin quejarse. Su posicionamiento es relevante porque no se dio desde la denuncia directa en un estadio, sino desde la autoridad simbólica de ser la gimnasta más grande de la historia.
Biles ha cuestionado la narrativa que reduce a los atletas negros a cuerpos productivos y prescindibles, y ha defendido el derecho a decidir, a fallar y a cuidarse. En ese gesto —menos espectacular que un podio o una protesta visible, pero igual de disruptivo— Simone Biles amplió el debate sobre racismo hacia un terreno más profundo: el de las expectativas, el control y la deshumanización normalizada en el alto rendimiento.
Mientras la UEFA investiga lo ocurrido en Lisboa y Vinícius espera, como tantos otros antes que él, que su denuncia no caiga en el olvido burocrático, una pregunta incómoda sobrevuela el fútbol europeo: ¿cuántos episodios más serán necesarios para que el deporte abandone la retórica de los comunicados de condena y asuma una transformación real? El partido se detuvo diez minutos, pero la historia demuestra que el racismo en el fútbol no se combate con pausas temporales, sino con la valentía de quienes, como Vinícius, se niegan a seguir jugando como si nada hubiera pasado.

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