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Después de la renuncia de Carlos Valdés a la dirección de Medicina Legal (sustento de todas las pruebas) el tiempo y el público de este espectáculo macabro siguieron sin mayores espasmos. Suficiente agua turbia ha pasado bajo esta tierra de traiciones y horror, tal vez, para que una renuncia más en el largo historial de los escándalos convoque al espanto. Pero esa renuncia, oculta y diluida entre el ruido de un supuesto plan internacional para matar al presidente, se silenció junto al último testigo muerto del caso Odebrecht, otro rastro misterioso en una escala de cuerpos que aparecen al ritmo de las investigaciones.
En un leve comunicado de prensa y una leve difusión en medios, la causa de muerte de Rafael Merchán se sustenta en un posible suicidio que nadie ha podido comprobar. El Fiscal General, que sigue con la sombra a cuestas de sus intereses entre los muertos, es un fantasma escondido entre el bullicio y el humo de otros escándalos que le permiten respirar, y Medicina Legal es una casa vacía sin voz ni dirección para aclarar la razón biológica o criminal de la desaparición de los testigos que pensaban entregar información definitiva justo antes de morir. Son tres muertos en un mismo contexto, y todos tienen el rasgo común de caer fulminados bajo un misterio metódico. Pero todo cobra una dimensión catastrófica desde la renuncia de Valdés que demostró el foso profundo de un misterio mayor que está perdiendo interés nacional precisamente porque todo parece inútil, excesivamente nauseabundo y demencial, y no hay nada ni nadie a quien se pueda acudir. La institución que debía entregar un parte científico y confiable es el brazo y el sustento de la misma Fiscalía General, y ha perdido su máxima voz autorizada porque todas sus recientes investigaciones resultaron ser falsas. No hay, además, restos del primer cuerpo para retomar las pesquisas. Todo parece favorecer los intereses del autor material de un crimen, suponiendo que todo cumpla con la hipótesis de lo macabro.
Sin el Director de Medicina Legal y sin su reemplazo, que aún no sale a la luz a prometer profesionalismo entre la tempestad, quedaría a cargo del Fiscal General la responsabilidad de dar un parte de confianza frente a un desmoronamiento institucional que se lo traga junto a todo lo que existe, pero sus recientes aclaraciones resultaron ser más temerarias y escabrosas, y el presidente, quien tiene ahora la atención mediática por su aparente fragilidad, lo respalda sobre todas las evidencias y las pruebas, frente a todos los audios y los testimonios, pese a toda la espiral que sigue absorbiendo esta historia sin que nada suceda y sin que actúe ninguna institución, porque todo parece haber estallado en la anarquía de una guerra política a muerte aunque se usen todos los recursos desnudos de la corrupción para quedar absueltos. Mientras tanto, los cuerpos insepultos siguen allí sobre el escándalo que el gobierno intenta matizar con artimañas de comunicación que conoce bien por experticia. Tuvieron ocho años para perfeccionar las tácticas exactas de la distracción; conocen los métodos perfectos para que todo parezca normal, o ante los riesgos de mayores evidencias, parezca la obra de un monstruo enigmático y externo.