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Estocolmo encontró el Norte

Santiago Gamboa
08 de octubre de 2010 – 10:35 p. m.

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HACE AÑOS QUE ESPERO ESCRIBIR esta columna: Vargas Llosa premio Nobel.

Muchos habremos sentido lo mismo: la idea de que una parte clave de nuestra formación y nuestras lecturas, de nuestra “educación sentimental”, de los argumentos para defender la literatura y amarla aún más, su relación con la vida, la disciplina a la hora de escribir, el deseo de hacer novelas ambiciosas y totales, en fin, todo eso que ennoblece y da relieve a quien decide vivir dentro de este complicado y bello oficio, tiene que ver con Mario Vargas Llosa, con sus obras y sus ideas literarias; dudo que exista una conversación sobre literatura en América Latina que no pase en algún momento por él y desde ahí se llene de argumentos, a favor o en contra, pues al menos yo descubrí hace años que intelectualmente es mucho más estimulante incluso el desacuerdo con Vargas Llosa que estar de acuerdo con muchos otros.

He tenido la suerte de coincidir con él en algunas ocasiones. En el jurado del Premio Alfaguara 2005, donde él fue presidente, y en el programa de la beca Rolex para la creación —que ganó Antonio García—, y doy fe de que, además de su talento, es una de las personas más increíblemente amables y generosas que pueblan la República Letrada, tan dada a mezquindades y egoísmos. En las deliberaciones del Alfaguara escuchaba las opiniones de todos como Platón oyendo a Sócrates. Saber escuchar, qué difícil. A los autores jóvenes, peruanos o no, los recomienda para becas, editoriales, trabajos, los orienta y escucha, les presenta a editores y es generoso con sus contactos. Incluso a nivel social, algo frívolo, es también alguien fuera de lo común. Analía, mi mujer, aún se sorprende al recordar una cena en el Lincoln Center, en Nueva York, en la que Vargas Llosa la agarró del brazo y se la llevó para presentarle a su esposa, Patricia, a la escritora Toni Morrison y a la actriz Joan Collins. Desde ese día lo ama más que a mí, y no se equivoca. El conmovedor y certero artículo que escribió sobre Héctor Abad Faciolince en el diario español El País ilustra cómo a pesar de que a su puerta tocan presidentes y celebridades de todos los ámbitos, él tiene tiempo para leer con aprecio a los más jóvenes.

Hasta esta semana Vargas Llosa estaba con los autores importantes que no habían recibido el Nobel, que al fin y al cabo es buena lista —al lado de Borges y Nabokov y Kafka—. Pero Estocolmo encontró el Norte y decidió pasarlo a la suya propia para darse lustre, e hicieron bien. Sin embargo Vargas Llosa ya estaba ahí. Ya se lo había ganado a pulso. No se puede quejar la Academia Sueca de lo que recibe de América Latina: Octavio Paz, García Márquez, Neruda, Asturias, Mistral… ¡Y ahora Vargas Llosa! ¿Qué otra región del mundo aporta un grupo tan potente, compacto e indiscutible? Ahora que Vargas Llosa conquista la última instancia es hora de decirle, gracias, muchas gracias. Gracias por Pantaleón y por Lituma y por Zavalita en la puerta de La Crónica y por el sargento Gamboa y la madre Patrocinio y por ese hombre tan flaco que siempre parecía de perfil; gracias, Vargas Llosa, nuestra vida ha sido más rica e intensa al lado de ellos. Gracias: sus libros nos han hecho mejores.

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