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Hace unos días tuve que pasar por la oficina de inmigración en el aeropuerto El Dorado de Bogotá. Cuál no sería mi sorpresa al ver que la fila daba varias vueltas antes de poder llegar a los mostradores de los funcionarios. Es verdad que llevaba años sin salir de Colombia y, por lo tanto, sin visitar la zona internacional de El Dorado. Pero también es verdad que, pasados los años, esperaba que las filas interminables para poder entrar al país hubieran terminado o al menos mermado.
La fila de inmigración en Colombia siempre me pareció una notable paradoja: durante años nadie quería venir a Colombia y sin embargo las filas de viajeros eran interminables. Como si esos viajeros, de puro ser inatendidos, se hubieran perpetuado en su fila de espera.
La situación era (y desafortunadamente sigue siendo) lamentable, pues la tarjeta de presentación del país para el extranjero que entra a Colombia es el recibimiento que le dan en inmigración. Es cierto que los funcionarios suelen ser amables y suelen poner su sello con celeridad y con decisión, pero para conseguir dicho sello se necesita esperar un buen rato, normalmente tras un trayecto de horas que pide descanso.
No es cuestión de poner en entredicho la labor asidua y necesaria que desarrolla dicha oficina. Se trata de la indagación que hace el Estado colombiano, a través de uno de sus empleados, para saber hacia dónde se dirige quien entra al país, cuánto tiempo nos visita, cuál es el motivo del viaje y cuánto dinero pretende gastar. Las preguntas son necesarias, aunque en muchos casos retóricas.
Sea como fuere, parece inaceptable que en uno de los principales aeropuertos del continente haya esos represamientos a la hora del ingreso del país (y de la salida, que todo hay que decirlo). Lo lamentable del caso es que desde hace años las filas de ingreso y de salida siguen siendo igual de largas a las de, pongamos, hace una década. Y no parece que la situación vaya a cambiar: en mi último viaje, mediando diciembre, conté, en medio de la larga espera, más de mil pasajeros en la fila de ingreso.
Esperamos que las largas colas de entrada y de salida no inhiban su deseo de viajar. Y en la Atalaya aprovechamos para desearles un feliz año, lleno de prosperidad y lleno de viajes, ojalá por tierra, mientras agilizan el sello del viaje por aire.