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El "tsunami verde" de Marina Silva, una curiosa mezcla de ambientalista y evangelista antiaborto, fue el palo de las elecciones presidenciales en Brasil, forzando a una segunda vuelta el 31 de octubre.
Una de las tareas inconclusas que deja Lula a quien lo suceda —todo sigue indicando que será Dilma Rousseff— es la conversión de Brasil en potencia mundial. Durante sus dos gobiernos, una combinación de extraordinarias habilidades diplomáticas —del presidente y del ministerio de Relaciones Exteriores— y buena suerte —tanto por la sólida base económica que heredó de FHC como por el boom de los commodities— permitió afianzar el papel del país en la política internacional. En ese período Brasil abrió más de 50 embajadas nuevas alrededor del mundo, mientras que tan sólo en los últimos cuatro años alrededor de 400 nuevos funcionarios han ingresado a las filas de Itamaraty.
Frente a la disonancia histórica entre los atributos económicos, políticos, ambientales y poblacionales de Brasil y su limitado poder internacional, Lula trazó una estrategia que ha buscado materializar el “destino” nacional. Ésta ha consistido, entre otros, en la adopción de posturas más enérgicas dentro de foros multilaterales mundiales frente a temas globales, como el medio ambiente, la crisis económica, la regulación del comercio y la reforma de las Naciones Unidas; el ejercicio de un mayor protagonismo frente a los problemas de América Latina, por ejemplo, Haití, Honduras y el conflicto Colombia-Venezuela; y el desarrollo de una estrategia de seguridad que incorpora un componente espacial y nuclear, así como la modernización de su armamento, y que pueda acreditar a Brasil como miembro de la élite global.
A pesar de lo anterior, la profundización de los logros acumulados en el exterior enfrenta algunos obstáculos. La negativa del gobierno Lula a apoyar sanciones a Irán por parte de la ONU, así como su cercanía con ese país, han sido percibidas como grandes desaciertos que, junto con su reticencia a ser más enfático sobre problemas como los Derechos Humanos en Cuba, ponen en cuestión su capacidad para convertirse en “hacedor de reglas” (rule-maker) en el sistema internacional. Adicionalmente, el país no dispone de los recursos económicos necesarios para participar en el suministro de bienes públicos en los ámbitos mundial o regional, condición también indispensable para ser reconocido como potencia.
En la región, y aunque Brasil ha promovido nuevos instrumentos de concertación —sobre todo Unasur y el Consejo Suramericano de Defensa— e invertido en importantes proyectos de infraestructura, lograr una aceptación general de su liderazgo ha sido una meta esquiva. Como también lo ha sido mostrar su capacidad de mantener el orden en su propia “zona de influencia” y mediar en las crisis que allí se presentan.
En 1900, el escritor Joaquim Nabuco afirmó: “El sentimiento en nosotros es brasileño, la imaginación es europea”. Guardadas las proporciones, una tensión similar sigue observándose en la proyección internacional de Brasil: entre el poder y las capacidades potenciales y los reales; el deseo de ingresar al club de las potencias y el de ejercer la vocería de la periferia; la vocación internacional y la latinoamericana; y el ejercicio de la hegemonía y una autoimagen que repudia cualquier comportamiento parecido al de Estados Unidos.