El caminante

No somos iguales

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Y te dicen que todos somos iguales, y que tú eres igual al otro, y que el otro es igual al de más allá, y como en una película recuerdas aquellas líneas de Santos Discépolo que decían “cualquiera es un doctor, cualquiera es un ladrón”, o algo así, y te dices que no, maldita sea, que no puede ser así, que no todos somos iguales, aunque hayamos nacido iguales, o más o menos, y más allá de que todos tengamos similares derechos. Dices similares, porque bien sabes que el viejo dicho de que la justicia sólo es para los de ruana no es falso, y menos en este país, donde se compran y se venden con absoluta impunidad jueces, testigos e investigadores y se plantan falsas pruebas en la casa o el carro de aquel a quien queramos condenar, y donde se volvió moda denunciar y darle la razón al denunciante sólo porque se viste de víctima. Te dicen que todos somos iguales, sí, pero ese no es más que un discurso demagógico, e incluso, un panfleto para incendiar a las “pobres almas” que tantas veces describió Gógol.

Te dicen que somos iguales, y te hablan en diminutivo y te abrazan y te hacen creer que por eso somos iguales, pero no, mil veces no, no somos iguales, por supuesto que no. No es lo mismo que Dostoievski hable sobre humanidad; él, que pensó toda su vida en cómo podía salvarse la humanidad, que convivió con gente sin redención y que escribió lo que escribió, con sus luchas y sus conflictos, sus dudas y temores, a que pontifique sobre los hombres un simple, llano y extraviado columnista que escribe lo que le dictan desde arriba por unos cuantos miles de pesos. No es lo mismo leer un texto sobre los bemoles de la música y la creación escrito por Igor Stravinski, quien padeció por cada sostenido que anotó en un pentagrama, con sus angustias, sus inseguridades y con el peso de la historia y su presión a la vuelta de los años, que leer dos cuartillas de definiciones enciclopédicas y meloserías publicadas en cualquier periódico que salga a diario en nuestros días.

No es lo mismo Bach que los top ten de las listas de Billboard, ni es lo mismo el obrero que se levanta todos los días a las cuatro de la mañana para ir a la construcción que el encorbatado usurero cuya máxima es el “cómo voy yo ahí”, patentado y difundido cada vez más en estas tierras. Te dicen que somos iguales, sí, pero por otro lado te bombardean con palabras como talento, suerte, herencias, que marcan una absoluta desigualdad desde el comienzo y difunden la idea de que se nace en lugar de se hace, y te confundes por la contradicción, pero luego concluyes que en el luchar sí podemos ser iguales y que por el esfuerzo todos somos capaces, y lo que diferencia a unos de otros no es haber nacido con tal o cual cualidad, sino haberlas trabajado. Te hablan de igualdad, pero tú bien sabes que ni quieres ni puedes caminar por la misma acera con esos que se ufanan de sus igualdades, y mientras se ufanan te clavan cuchillos por la espalda, se inventan grandes luchas para salir en las revistas y en la radio y en aras de sus banderas condenan a cien inocentes con tal de encontrar un culpable.

Fernando Araújo Vélez

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas. fernando.araujo.velez@gmail.com
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